Algo se pudre en Pakistán

Público

 

De las dos guerras que EEUU tiene abiertas, la de Irak y la de Afganistán, la más preocupante es esta última y su frente más peligroso se sitúa en Pakistán. Inquieta imaginar que los talibanes expulsen a las tropas extranjeras y den nuevo impulso a Al Qaeda, pero aún más que el segundo país con más musulmanes del planeta se desmorone en medio de un baño de sangre.
El panorama es sombrío: 60 cabezas nucleares, políticos corruptos, Ejército y servicios secretos incontrolables, clima bélico con India, auge del radicalismo islámico, proliferación de atentados, frontera explosiva con Afganistán, inarmónica composición étnica y pavorosa crisis económica.
Está más que justificado el título del último libro de Ahmed Rashid: Descenso hacia el caos. En esa clave hay que entender el nombramiento como representante especial de Barack Obama para la región de Richard Holbrooke, muñidor de los acuerdos de Dayton de 1995 que pusieron fin al conflicto de Bosnia. Pese a ello, no parece que el nuevo presidente, que ha anunciado que tomará “decisiones difíciles”, vaya a dar prioridad a la diplomacia: apenas se había sentado en el Despacho Oval cuando, sin permiso paquistaní, se lanzaban dos misiles en las turbulentas zonas tribales de la frontera, al precio de 20 vidas. Era el ataque número 38 desde agosto.
Robert Gates, secretario de Defensa (ya lo era con Bush), asegura que este conflicto será “largo y complejo” y constituye la “principal amenaza militar” a la que se enfrenta su país. Para conjurarla, anuncia el envío de 12.000 soldados de aquí a mediados del verano (ya tiene 34.000), pide una mayor implicación del Ejército y la Policía afganos, y echa un jarro de agua fría a los ilusos que pensaban que EEUU pretendía llevar la prosperidad y la democracia a Afganistán: “Si nos fijamos el objetivo de crear un Walhala [paraíso] en Asia Central, estaremos perdidos, porque nadie en el mundo tiene el tiempo, la paciencia y el dinero necesarios”. O sea, más presión contra los talibanes y Al Qaeda, en el marco de la operación Libertad Duradera lanzada en 2001 tras el 11-S.
En cuanto a la reconstrucción, se intenta que paguen la factura los aliados que integran la fuerza de la OTAN (ISAF, de 52.000 efectivos, 780 de ellos españoles). Pero, ¿es posible un plan Marshall con la actual tormenta económica mundial?
Está por ver cómo se engranan los esfuerzos de dos personajes clave: Holbrooke y el general David Petraeus. A este se le atribuye el mérito de que el contador de muertes se haya desacelerado en Irak. Como jefe del Comando Central y responsable de ambas guerras, intenta repetir en Afganistán la fórmula iraquí: practicando el divide y vencerás, negociando con los diferentes grupos tribales, separando a los terroristas de Al Qaeda –con los que no hay trato posible– de los talibanes, más interesados en el fin de la ocupación extranjera y la defensa de su identidad pastún que en la guerra mundial contra el gran Satán norteamericano. En esta estrategia, podría sobrar el presidente Hamid Karzai, cuyo régimen, minado por la corrupción y la incompetencia, se habría derrumbado hace tiempo de no contar con el respaldo de EEUU.
Entre tanto, la situación es alarmante: los talibanes y sus aliados de Al Qaeda aumentaron un 40% sus ataques en 2008, operan en el 70% del territorio afgano y podrían hacer inviables las elecciones de
septiembre.
La guerra no sólo se libra en territorio afgano, sino que ha contagiado a Pakistán. La frontera, especialmente la que corta en dos el país pastún, vale menos que la tinta con la que se traza en los mapas. Tras la caída en 2001 del régimen talibán, muchos combatientes se refugiaron en las contiguas zonas tribales, que Islamabad es incapaz de controlar. Y allí siguen, acogidos por sus hermanos pastunes, dando probablemente cobijo a Bin Laden, sintiéndose invulnerables a los ataques de EEUU (que matan más civiles que yihadistas) y respaldando la lucha en Afganistán.
EEUU tiene una responsabilidad directa en lo que ocurre. El doble juego de Bush consistió en apoyar a ultranza al impopular dictador Pervez Musharraf (que a la postre cayó) y, al mismo tiempo, convertir en su aliado estratégico en el subcontinente a India, con la que suscribió un acuerdo nuclear que Islamabad ve como una puñalada por la espalda. La llegada a la presidencia de Asif Alí Zardari, viudo de la asesinada Benazir Bhutto, con fama de corrupto e incapaz de dominar a los poderes fácticos, no ha detenido la marcha hacia el abismo.
Pakistán se siente abandonado por EEUU, desencantado con Obama y atrapado entre dos fuegos. Los ataques terroristas en Bombay redoblan los tambores de guerra con India, siempre calientes por Cachemira. Un gobierno nacionalista hindú, nada improbable tras las legislativas de mayo, elevaría aún más la tensión. Si Holbrooke enfriara ese frente –aplacando a los halcones indios, y al Ejército y los servicios secretos paquistaníes– Islamabad podría concentrarse en el flanco interno, el que más amenaza su estabilidad y más debería interesar a Wa-
shington, siquiera porque el descontrol en las zonas tribales alimenta la guerra de Afganistán y porque el 75% de los suministros aliados a este país se canalizan desde Pakistán. La ruta a través de Rusia y Asia Central, más compleja, implicaría pagar a Moscú un alto precio político.
Entre tanto, las hipótesis catastrofistas sobre Pakistán ganan terreno, desde la desmembración sobre bases étnicas con la creación de un Estado pastún a ambos lados de la frontera, hasta el colapso del régimen con los islamistas radicales llenando el vacío, o una intervención militar que dejaría pequeñas las de Irak y Afganistán. O más limitada, para al menos poner el arsenal atómico en manos seguras.
Si Pakistán se pudre, se pudre Afganistán. Y viceversa. Y el mundo será menos seguro.

Luis Matías López es Periodista

Ilustración de Sr. García

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