Arcadi la calienta y el Rey la lía

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

elmundo.750

La primera decisión que tomó David Jiménez cuando le nombraron director de El Mundo, fue despedir al columnista Salvador Sostres. En la redacción del diario de la bola se brindó con Don Simón, que es con lo que brindan los periodistas embecariados en estos tiempos de penuria. Parecía que se abrían nuevas calendas, que los relojes volvían a caminar con prisas. Ya cuatro años antes, parte de la redacción de El Mundo había instado a la dirección a prescindir del escribano catalán, que había alardeado en un plató de Telemadrid, ante un grupo de niños, de su conocimiento del aroma “a santidad” de los coños de las adolescentes. Por esas fechas, también había justificado en sus columnas el asesinato de una chica por parte de su novio, “un chico normal” que solo “había perdido el corazón y la cabeza”. Ítem más: la teoría de Sostres de que el alzheimer de Pasqual Maragall era a causa de un reblandecimiento del cerebro del ex president por sus excesos etílicos acabó en los tribunales, aunque por razones inopinadas el ofendido perdonó el escarnio y retiró la querella.

El caso es que aquel despido quería significar algo, pero a David Jiménez no le ha tardado en florecer otro Sostres en el jardín (medio) renovado de su periódico. En la mañana del jueves, me llaman varias colegas periodistas (todas mujeres, por cierto):

–Oye, Repartidor, ¿has visto lo de Arcadi?

Había visto lo de Arcadi. Lo de Arcadi Espada. Página dos: El negocio del sexo. El título alumbra poco el cruento contenido. Escribía Arcadi sobre la manifestación de este sábado en Madrid contra la violencia machista. “Absurda manifestación”, la calificaba, y arremetía contra “la desvergonzada instrumentalización de estos crímenes que hacen las mujeres de izquierdas”. Termina el bate (no merece la uve) asegurando que la “única intención real” de los/las manifestantes “es la de hacer negocio con el crimen”.

Por frivolizar suavemente lo infrivolizable, sugerir que Arcadi sufre una patología sicológica de difícil tratamiento: ve carmenas y colaus por todas partes. Si le pilla un atasco en Madrid, sufre la visión de que todos los vehículos a su alrededor están conducidos por la culpable alcaldesa independiente. Si se cruza con una manifestación contra el asesinato anual de una cincuentena de mujeres, se le multiplica el rostro de Ada Colau colectando votos tras las pancartas contra el crimen.

Los articulistas provocadores –de rica tradición en España– juegan siempre en los límites de la libertad de expresión estrujando la paradoja y la frivolidad. Pero si manchas de sangre la frivolidad la conviertes en otra cosa. No hace mucho, el furrier Arcadi pedía casi cárcel para el ex concejal madrileño que reprodujo en twitter un viejo y archiconocido chiste de judíos (los del cenicero del Seiscientos). Ahora se permite este alegato negacionista de la violencia de género. Supongo (y espero) que el despacho de David Jiménez habrá estado en las últimas horas muy concurrido de periodistas de su casa. De periodistas mujeres. De periodistas hombres. El insulto a la cordura y a la inteligencia es la última frontera de la libertad de expresión.

El Rey la lía

Siempre con mucha línea directa con la Casa Real, nos informaba este miércoles La Razón de que El Rey permanecerá en segundo plano para que “otros hagan política”. Despachaba el día antes Mariano Rajoy con Felipe VI, y la periodista y escritora Aurora G. Mateache citaba “fuentes cercanas al Rey” para filtrar que Su Majestad quiere que “sean los políticos los que hagan política”. En columna aledaña, Carmen Enríquez se mete en el cacumen coronado para decirnos que el rey no intervendrá porque “es consciente de que ese error podría marcar el principio del fin de una neutralidad política imprescindible”.

Pues el caso es que SM ha intervenido: “La Constitución prevalecerá. Que nadie lo dude”, dijo el jueves en un acto con embajadores honorarios de la Marca España en la sede del BBVA. Curioso escenario y curiosas compañías para tan trascendente declaración. “El auditorio en pleno arropó el discurso con una cerrada ovación, e incluso un espontáneo gritó: ‘¡Viva el Rey’, que fue secundado por los asistentes”. En ABC, compitieron muy bien en grandilocuencia para exaltar la figura del Jefe de Estado: “Habló el Rey. Y lo hizo tan alto y tan claro que su voz emergió fuerte y directa a los españoles para calmar la turbación”. No sé por qué, al paladear el rancio estilo de estas líneas, me entró como una nostalgia del NO-DO. Me estaré haciendo algo viejo.

El caso es que todos los papeles de hoy arrancan portada con las palabras del monarca de manera más o menos destacada, pero solo La Razón osa editorializar el discurso, y con un papel de fumar entre el pulgar y el índice. Es extraño. Uno piensa que a Felipe VI le ha dado un arrebato bastante inoportuno con este montarse su 23-F en miniatura. Yo también voy a parar un golpe de Estado, como papá. Malicio que los periódicos han evitado trascender mediante análisis la torpeza de SM con el fin de protegerlo. Porque con ese “que nadie lo dude” de resonancias amenazantes quizá ha sobrepasado una línea roja que es imposible elidir del análisis del discurso de este rey tan espigado y, desde ayer, metido en el ajo político. Así es la Historia. Aunque parezca dormida, la monarquía siempre contraataca. No sea que la democracia y sus mecanismos se nos suban a los españoles a la cabeza.

elpais.200

Los mitos

Aquel mito de que el rey Juan Carlos detuvo (y no consintió) el 23-F, es uno de tantos con los que hemos ido falseando nuestra historia reciente. Otro de los más destacados es aquel Pacto de Toledo de abril del 95 que, según la leyenda, garantizaba la estabilidad de esas pensiones que hoy se han desestabilizado tanto. El Pacto de Toledo es muy citado estos días de división y tensiones como ejemplo de consenso, de fraternidad entre los españoles, de feliz concupiscencia política. Por eso este jueves El Mundo me dio la alegría de la semana repartidora. En su página 6, no lejos de la emética aportación de Arcadi a la iniquidad, el economista Juan Francisco Martín Seco, ex secretario de Hacienda con el PSOE entre 1984 y 1987, desmontaba aquel mito y desnudaba sus perversiones. Recuerda que aquel pacto supuso la segregación de “la Seguridad Social como algo distinto y separado del Estado, y ligando la financiación de las pensiones exclusivamente a las cotizaciones sociales […]. ¿Por qué van a ser únicamente los trabajadores y los salarios lo que tengan que sostener las pensiones? ¿Acaso no deben contribuir a ello las rentas de capital y los beneficios empresariales?”.

Me reconcilié con los viejos periódicos aquella mañana. Uno de los más graves pecados de nuestros medios (asumo mis culpas) es seguir tratando la Transición como un Peter Pan que se niega a envejecer, a sentirse caduco, hasta el punto de que queda tan patético como un cincuentón coqueteando con una adolescente. La sacralización de la Transición y sus derivados (Pacto de Toledo etc…) ha sido el botox con el que los españoles hemos ido intentando disimular que aquel proceso nació viejo y perverso, hijo del franquismo y diseñado por sus oligarquías. Cada vez resulta más difícil convencer a la peña de que nuestra democracia, nuestra Constitución, nuestro sistema electoral continúan siendo atractivos, luciendo una piel tersa, ojos limpios y labios de helado de fresa. Cómo se agradece, aunque sea muy de vez en cuando, un atisbo de hiel objetiva sobre tanta falsedad. Gracias a El Mundo y a Martín Seco.

La frase de la semana

Una de las afirmaciones más sagaces que he leído estos días en nuestra prensa diestra se escondía en un billete del inefable César Vidal en La Razón. Debatía el hombre la cosa catalana, y concluía que “se ha engordado a la bestia nacionalista sobre la base del sacrificio no pocas veces injusto sufrido por millones de españoles”. ¿Qué pasa, maestro? ¿Que de vez en cuando los españoles sufrimos castigos justos? Ay, el glorioso Alzamiento.

Público.es

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