Crédito, acumulación y crisis en la teoría de Marx (y 2)

 

 

La primera parte, aquí

El carácter pro-cíclico del interés y del crédito

En El Capital Marx señala que, dada la tasa media de ganancia (determinada por la relación plusvalía/capital invertido), la tasa de ganancia empresarial (o sea, la que corresponde al empresario deducido el interés, además de impuestos y renta de la tierra), “no está determinada por el salario, sino por el tipo de interés. Es alta o baja en forma inversamente proporcional a esta” (p. 485, t. 3). De allí la relevancia del movimiento pro-cíclico del interés. Un aspecto que trata en el capítulo 22 del tomo 3 de El Capital.

Después de reseñar las fases del ciclo – “estado de reposo, creciente animación, prosperidad, sobreproducción, crisis catastrófica, estancamiento, estado de reposo” – dice que en los períodos de prosperidad el nivel del interés es mayormente bajo (véase p. 460). Más aún, durante la recuperación hay abundante oferta de dinero, la demanda de créditos es baja y el interés es bajo. La ganancia empresaria es elevada. El bajo interés y las expectativas de mejora de los negocios impulsan la valorización de activos financieros. El alza de la bolsa de valores anticipa el movimiento ascendente de la economía y contribuye a mejorar el clima de negocios.

Luego, a medida que avanza la recuperación, la suba accionaria facilita nuevas emisiones por parte de las empresas, que les permiten ampliar la capacidad productiva. También aumenta la emisión de bonos empresarios. Y por otra parte, la centralización de masas de dinero por los bancos también facilita la inversión. El dinero refluye fácilmente (téngase presente el ciclo del capital, D – M – …. P…. M’ – D’) y por lo tanto la tasa de interés, si bien más elevada que al inicio de la recuperación, se mantiene contenida. De manera que en la economía “real” se impulsa la inversión y producción, en especial de las ramas dinámicas que lideran la expansión. A su vez, la abundancia de crédito impulsa el apalancamiento; este lleva más arriba los precios de los activos financieros; lo que a su vez induce a más apalancamiento. Surgen entonces manifestaciones de sobrevaluación de los activos (por ejemplo, precios bursátiles con poca o ninguna fundamentación en las ganancias reales), lo que da alas a especulación, y también puede seguir impulsando la acumulación de las empresas, bajo el látigo de la competencia.

Por esta vía, llega un momento en que aparecen la sobreproducción y sobreacumulación. En muchos puntos aumentan los inventarios. Aparecen presiones bajistas de precios, y se debilitan las ganancias. Debido a que el dinero ya no refluye fácilmente, la tasa de interés aumenta; en especial, la que pagan las empresas con peores calificaciones crediticias. La crisis se hace abierta y la tasa de interés alcanza su máximo. Ahora las empresas no toman crédito para ampliar la producción, sino para sostener el capital circulante (o capital de trabajo, como se conoce comúnmente). La caída de la rentabilidad y el aumento de la tasa de interés deprimen el precio de las acciones y otros activos, empeorando el clima de negocios. Los capitalistas que han tomado préstamos contra garantías constituidas por activos financieros son llamados a reponer los márgenes. Si no pueden hacerlo, ven liquidadas sus posiciones, dando lugar a más caídas de los precios.

La suba del interés representa entonces una punción sobre la ganancia empresaria, precisamente en el momento en que esta se debilita. Incluso el interés anula la ganancia empresaria, o lleva el balance al rojo. El clima de negocios se hace abiertamente sombrío, y existe una acentuada búsqueda de liquidez, ya que hay que tomar prestado para pagar cueste lo que cueste (véase p. 461, ibid.). Por eso Marx señala que cuando estalla la crisis ocurre una “transmutación repentina del sistema crediticio en sistema dinerario” (p. 169, t. 1, El Capital). Durante la crisis no valen las promesas de pago, sino el dinero “contante y sonante” para saldar deudas. “Hacía apenas un instante que el burgués, ebrio de prosperidad, había proclamado con sabihonda jactancia que el dinero era una ilusión huera. Solo la mercancía es dinero. ¡Solo el dinero es mercancía!, es el clamor que ahora resuena en el mercado mundial. Como el ciervo brama por agua clara, el alma del burgués brama por dinero, la única riqueza. En la crisis, la antítesis entre la mercancía y su figura del valor, o sea, el dinero, se exacerba convirtiéndose en contradicción absoluta” (p. 169). La hambruna de dinero, precisa Marx, se mantiene, ya sea que se deba pagar con oro o con billetes de banco.

En la etapa siguiente, cuando se llega a la depresión, la tasa de interés vuelve a bajar. Es que la demanda de crédito se debilita al extremo: “… cuando el espíritu de empresa se halla paralizado, impera un bajo nivel del tipo de interés, que en este caso no indica otra cosa que el aumento del capital prestable, precisamente por contracción y paralización del capital industrial” (p. 624). Por eso, cuando comienza la recuperación, las empresas que han sobrevivido al diluvio pueden utilizar los fondos líquidos que han acumulado durante la caída. Y se reinicia la acumulación, que desembocará en nuevas crisis y depresiones.

La tasa de interés no determina el ciclo

En el enfoque de Marx el crédito no es el factor determinante del ciclo. El ciclo capitalista se realiza, en principio, sustentado en fondos de la empresa. El directorio, o la junta de accionistas, deciden qué porción de la ganancia se reparte como dividendos – que pueden conformar el rédito destinado al consumo de los capitalistas – y qué parte se invierte. En esta decisión son claves las ganancias acumuladas, la rentabilidad esperada de la futura inversión, la situación del mercado y las posiciones de la competencia. La tasa de interés juega un rol, pero secundario con respecto a estas variables.

En este respecto, la teoría de Marx se diferencia de la teoría neoclásica tradicional, y de la escuela austriaca. Es que en el modelo IS-LM (pilar de la macro de la síntesis keynesiana-neoclásica) la caída de la tasa de interés conecta mecánicamente con el aumento de la inversión. El fundamento último es que, de acuerdo a la función de producción usual, a medida que la producción se hace más intensiva en capital, disminuye la tasa de interés. En cuanto a la teoría austriaca, sostiene que a medida que baja la tasa de interés los métodos de producción son más indirectos, esto es, son más intensivos en capital (véase aquí para una crítica de la teoría del capital de Böhm Bawerk). La teoría del ciclo de Hayek se apoya enteramente en ese supuesto.

En Marx, en cambio, la tasa de interés no juega, ni de lejos, un rol tan determinante. Las ganancias que constituyen fondos propios de las empresas tienen un primerísimo rol en la decisión de invertir y/o endeudarse. Por esta razón, también es un error describir el ciclo capitalista como dependiendo enteramente de la creación endógena de dinero bancario, como parecen sugerir los modelos poskeynesianos y los teóricos del dinero ciclo. Para dar un ejemplo actual, el llamado global saving glut (exceso mundial de ahorro) se caracterizó por la existencia de enormes excedentes líquidos en manos de las empresas, fondos que no iban a la inversión, a pesar de que la tasa de interés en las última década, o década y media, estuvo en niveles muy bajos. La inversión permaneció débil, a pesar de la caída de la tasa de interés. Otro ejemplo fue lo ocurrido en la década de 1970: la tasa de interés real (o sea, descontada la inflación) fue muy baja (a veces negativa), y sin embargo, en la mayoría de los países de la OCDE la inversión permaneció débil.

En definitiva, el crédito potencia los movimientos cíclicos –sea al aumento o a la caída- de la acumulación, pero no los determina. La acumulación de capital es la que rige el movimiento cíclico del interés, y no al revés. Condiciones favorables para la generación de plusvalía y su realización dan lugar a una tasa de interés baja; cuando esas condiciones empeoran, sube la tasa de interés. Esa suba, a su vez, incide en la acumulación y realización de los valores. Por eso, el crédito potencia, o acelera, la tendencia a la sobreproducción, y sobreacumulación, pero no la determina.

El sistema de crédito como propagador de la crisis

Destacamos por último el rol del crédito, en la teoría de Marx, de propagador de la crisis: “En un sistema de producción en el cual toda la conexión del sistema de reproducción se basa en el crédito, si el crédito cesa súbitamente y solo vale ya el pago en efectivo, debe producirse una crisis, una violenta corrida en procura de medios de pago. Por ello, a primera vista toda la crisis solo se presenta como una crisis de crédito y de dinero. Y de hecho solo se trata de la convertibilidad de las letras en dinero. Pero estas letras representan, en su mayor parte, compras y ventas reales, cuya amplitud, que supera en mucho las necesidades sociales, concluye por constituir el fundamento de toda la crisis” (p. 630, t. 3; énfasis agregado).

En definitiva, la teoría de la acumulación y crisis de Marx debe comprenderse en la interacción entre los fenómenos “reales” vinculados a la acumulación – por caso, tendencia a la sobreproducción, al aumento de la composición de capital, etcétera – y lo financiero. Siendo la primera la explicación más fundamental, es imposible entender las dinámicas concretas de acumulación y crisis haciendo abstracción de esta instancia financiera, inherente al modo de producción capitalista.

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