De Roosevelt a Obama, pasando por Bretton Woods

De haber nacido blanco y en Nueva York, padecido poliomielitis y alternado con Stalin, Barack Obama pudiera parecerse a Franklin D. Roosevelt aunque ya nunca podría igualar la audacia (o ingenuidad) del único presidente norteamericano que ha dormido en una embajada de la Unión Soviética, nada menos que en Teherán, tampoco podrá crear las Naciones Unidas

 

 

 

 

 

En 1943, cuando la Unión Soviética, luego de frenar a los nazis y estabilizar la situación, había producido un viraje a su favor de la Gran Guerra Patria y las tropas hitlerianas retrocedían en el inmenso Frente Oriental, Roosevelt accedió a la apertura del II Frente en Europa para lo cual era imprescindible hablar con Stalin. En ese entendido se convocó la Conferencia de los Tres Grandes. Ante la negativa de Churchill de viajar a Moscú y la determinación de Stalin de no subirse a un avión ni alejarse del frente, se escogió Teherán.

 

 

Como entonces Persia y la Unión Soviética eran fronterizas, el “Tío Joe”, como llamaba Churchill a Stalin, viajó en tren mientras Roosevelt, obligado a evadir la Europa ocupada tuvo que cumplir un agotador y peligroso itinerario que lo llevó de Washington a Marruecos, El Cairo y Turquía y de allí a Teherán adonde llegó extenuado.

 

 

Entonces el norte de Persia, hoy Irán, estaba ocupado por tropas soviéticas y el sur por soldados británicos. Los ingleses protegían los puertos de entrada de los convoyes anglo-norteamericanos que acarreaban las armas y pertrechos enviados por Estados Unidos a la Unión Soviética en virtud de la ley de Préstamos y Arriendos, mientras los efectivos soviéticos organizaban, y realizaban el traslado a su territorio del material de guerra.

 

 

Como evidencia del clima de confianza reinante entre los aliados de la época, la protección de los Tres Grandes corrió a cargo de las tropas y de los órganos de seguridad soviéticos, los cuales informaron al presidente norteamericano que entre los alemanes residentes en la ciudad había unos 500 agentes nazis, incluyendo un destacamento que se había desplazado desde Alemania y otros puntos de Europa como parte de una plan para secuestrarlo. Roosevelt no vaciló y se mudó a la embajada soviética.

 

 

A pesar de que nada externo los vincula, Obama y Roosevelt tienen en común asumir el gobierno en medio de una crisis económica. Roosevelt que llegó a la Casa Blanca en 1933 durante la Gran Depresión, tuvo a su favor el inicio de la II Guerra Mundial que relanzó la economía norteamericana. Ese factor está hoy en contra de Obama, que no deberá comenzar una guerra sino terminar dos.

 

 

 

 

Franklin D. Roosevelt no sólo determinó con claridad las causas de la crisis sino que actuando con inédita determinación, se puso al lado del pueblo norteamericano, de los trabajadores y de los agricultores para lo cual confrontó a los monopolios, al Congreso y al Tribual Supremo, dictó decenas de medidas que limitaron el poder de los trust y llamaron al orden a los banqueros y a los operadores de la bolsa. Entre las más radicales de aquellas decisiones estuvieron la regulación de la emisión de acciones y la creación de la Comisión de Seguridad de Bolsas y Valores, llegando incluso a prohibir la tenencia de oro.

 

 

Presionado por la crisis de su país, obligado a disminuir el tamaño de las fuerzas armadas y reducir el gasto público, Roosevelt planteó una doctrina basada en cierto regreso al aislacionismo, a lo que sumó la llamada “política de buena vecindad” que, entre otras medidas, condujo en 1934 a la abolición de la Enmienda Platt que hacía de Cuba un protectorado y su sustitución por otro tipo de tratado, al reconocimiento de Panamá, el retiró las tropas de Nicaragua y Haití y la independencia de Filipinas, concretada después de su muerte.

 

 

Como Roosevelt, Obama pudiera aplicar nuevas políticas hacía los países del Tercer Mundo, especialmente América Latina y tomar en cuenta las necesidades y tendencias prevalecientes en la región. La gran oportunidad de Estados Unidos no está en confrontar los cambios en marcha sino en sumarse a ellos.

 

 

Otra analogía no menos interesante radica en la necesidad de crear una nueva arquitectura financiera y reconstruir el maltrecho sistema monetario internacional, empeño que Franklin D. Roosevelt cumplió con la Conferencia de Bretton Woods efectuada en 1944 y que, a pesar de sus defectos, tuvo la virtud de ser inclusiva y multilateral al convocar a 44 de los 50 países que poco después fundarían la Organización de Naciones Unidas que, a pesar de sus limitaciones y defectos, constituye un logro que por si solo bastaría para pasar a la historia.

argenpress.info

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