El atletismo de alta competición: el espectáculo de la religión moderna

Dopaje de deportistas y público

 

¿No es una pena que se persiga el dopaje deportivo? Ahora que los dirigentes –públicos y privados- de la sociedad de consumo han conseguido que millones de ciudadanos de a pie rindan culto a unos cuantos dioses apolíneos, resulta que ciertos remilgos sobre la liturgia deportiva han ocasionado un enorme disgusto a los adoradores.

¿Acaso los atletas ahora denostados cada vez corren menos, acaso se han negado a proporcionar espectáculo día tras día, no ponen –incluso- su salud en peligro por mor de su grey y hasta de la bandera nacional? Es justo lo contrario: se les ha exigido más y más, han cumplido y se han hecho merecedores de dinero y adoración. Dioses –o marionetas- para chicos y grandes, aunque bien pagados.

La gente se ha vuelto loca de verdad. Ahora se enfadan con las marionetas –o los dioses- por haber hecho lo que se les ha pedido: entrenamientos de tortura y carreras de galgos (anticipando deliciosamente el nombre de la operación mediática, perdón, judicial, en curso).

El éxtasis entre lo hortera y lo patriótico experimentado por millones en cada competición queda hoy ridiculizado. Los mismos millones no aciertan a reflexionar sobre la esencia del disparatado espectáculo que pagaban con gusto y ahora les sustraen.

Como si los atletas fueran hoy peores o mejores que ayer, como si verles correr una centésima o incluso un segundo más despacio tuviera alguna importancia para sus vidas normalmente antideportivas (el 17% de españoles sufre obesidad y el 55% sobrepeso, según los datos de 2010 de la OCDE). Como si el mismo espectáculo sin sangre alterada fuese sustancialmente diferente.

Es el momento de ponerles convenientemente delante un nuevo asunto morboso –en este caso sobre atletas famosos y traficantes- para distraerles una vez más y tapar todo lo demás.

¿No quería el pueblo tener un puñado de elegidos para realizar en su nombre un moderno sacrificio sobrehumano, casi sobrenatural, no quería entrar en trance gracias a sus médium en pantalón corto?

Pues entonces no es razonable ponerse ahora a discutir sobre si lo hacen así o asá. ¿En qué cabeza cabe que un mozo se ponga a correr 42 kilómetros sin parar a una velocidad media de 3 minutos por kilómetro “por deporte”? Probablemente en la misma que cabe que el PSOE acaba de descubrir, como se deduce de las palabras de sus altos cargos en las instituciones deportivas, algunos con más veinte años de servicio, que las medallas en un espectáculo se dan al que mejor cumple el papel y no al mejor deportista.

Antes descubrió que televisar deporte todos los días a todas horas se parece mucho a prometer el cielo durante la misa pero con resultados instantáneos. No le importó, al contrario, que ver competiciones deportivas en la televisión, adorar en el bar a los dioses que realizan sus milagros sobre el tartán, soñar en horas de trabajo con glorias ajenas y ondear banderas en la calle al paso de unos chicos encaramados en un autobús con fanfarria, no tiene nada que ver con el deporte.

¿Qué hace que unas personas se entusiasmen hasta el paroxismo en grupo con hazañas físicas, cuya teoría y práctica apenas entienden y que por supuesto son incapaces de imitar siquiera de lejos ni maldita falta que hace?

Quizás la gente ha sido hábilmente inducida a sustituir religión por deporte. El diccionario de la Real Academia identifica religión con “creencias y dogmas acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y temor (…) principalmente la oración y el sacrifico para darle culto”, mientras que el deporte lo define como “ recreación, pasatiempo, placer, diversión o ejercicio físico, por lo común al aire libre” en su segunda acepción. Añade que hacer algo “por deporte” es hacerlo “por gusto, desinteresadamente”.

El deporte espectáculo de masas, una nueva religión, no puede ser nada bueno, de otro modo ni los gobiernos ni los mercados lo promocionarían.

Rebelión

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