El pernicioso legado militar de Trump

 

MICHAEL T. KLARE, PROFESOR EMÉRITO DE CINCO UNIVERSIDADES ESTADOUNIDENSES Y MIEMBRO DEL CONSEJO POR LA PAZ Y LA SEGURIDAD MUNDIAL

 

En el ámbito militar, lo más probable es que se recuerde a Donald Trump por su insistencia en poner fin a la participación de Estados Unidos por las llamadas «guerras interminables” del siglo XXI: las infructuosas, implacables y devastadoras campañas militares emprendidas por los presidentes Bush y Obama en Afganistán. Irak, Siria y Somalia.

Después de todo, como candidato Donald Trump se comprometió con traer de vuelta a casa a las tropas estadounidenses. El todavía presidente generó de esta manera- con la oposición de sus generales- una gran cobertura mediática y el apoyo de los llamados “aislacionistas”.

Sin embargo, la tardía retirada de tropas le sirvió a Trump para enmascarar su verdadero legado militar: ha estado convirtiendo a un ejército que era básicamente una fuerza intervencionista, en una fuerza militar que está preparada para una guerra contra China y/o Rusia.

La política militar de Trump siempre ha tenido dos caras. Cuando era candidato, en 2015, declaró a la prensa “hare lo que sea necesario para restaurar nuestro poder militar. En mi administración las prioridades militares se revertirán, nos retiraremos de las guerras que no tienen atrapados, pero a la vez vamos a restaurar nuestra incuestionable fuerza militar».

Una vez en el cargo, mientras retiraba parcialmente las tropas de Irak y Afganistán, daba órdenes a sus asesores de defensa, para qué presentaran presupuestos cada vez mayores. El gasto anual del Pentágono ha aumentado cada año desde 2016. Los numero confirman que creció de 580 mil a 713 mil millones de dólares. Gran parte de este enorme presupuesto está destinado a la construcción de nuevas armas nucleares y a la “modernización” de su arsenal.

De la guerra contra el terrorismo a la guerra contra China y Rusia

Trump recibió como legado la llamada Guerra Global contra el Terrorismo (GWOT) de Bush y Obama, unas agotadoras e interminables guerras en áreas remotas de Asia, África y del Medio Oriente.

Ahora Donald Trump dejara como legado a Joe Biden una nueva estrategia de dominación: derrotar a China y Rusia en futuros conflictos de «alto nivel», un combate que involucraría el uso de armas de alta tecnología en una escala que podrían terminar con una guerra con armas nucleares.

Es imposible exagerar la importancia de este cambio de la estrategia. Estados Unidos está pasando de luchar contra pequeños grupos de fanáticos religiosos a una lucha dirigida contra las fuerzas militares de China y Rusia en las periferias de Eurasia.

El primer escenario implicó que el Pentágono desplegó unidades de las Fuerzas de Operaciones Especiales respaldadas por aviones y drones armados con misiles. El segundo escenario es mucho más grave porque prevé explícitamente el despliegue de gigantescos portaaviones, escuadrones de combate, divisiones blindadas y bombarderos con capacidad nuclear, en las zonas de conflicto.  

En los años de la guerra contra el “terrorismo”, las tropas estadounidenses se enfrentaron con armas de infantería ligera, bombas y misiles. Ahora, de acuerdo con la estrategia contra China y/o Rusia, el ejército deberá estar equipado con tanques, aviones, misiles avanzados, barcos y una gama completa de municiones nucleares.

Este cambio de perspectiva conocido en Washington como «competencia por el gran poder» (GPC), se articuló oficialmente en febrero de 2018 con una nueva directiva de la Estrategia de Seguridad Nacional: «El desafío central para la prosperidad y la seguridad de Estados Unidos es el resurgimiento de una competencia estratégica a largo plazo de las potencias revisionistas”.”.

Para el Pentágono las “potencias revisionistas” son China y Rusia, y su cambio de estrategia significa sólo una cosa: el Pentágono se prepara para luchar contra China y / o Rusia, en un “conflicto de alta intensidad”.

En una sesión del Comité de Defensa del Senado en el mes de abril el entonces Secretario de Defensa de Trump, Jim Mattis aclaró el panorama:

“La Estrategia de Defensa Nacional proporciona una dirección estratégica clara para que el ejército de Estados Unidos cambie hacia una era de nuevos objetivos estratégicos … Aunque el Departamento continúa con la campaña contra los terroristas, la competencia estratégica a mediano y largo plazo, ya no es el terrorismo. Ha llegado la hora que nuestras fuerzas armadas sean completamente reequipadas con nuevas armas destinadas a combates de alta intensidad contra adversarios bien armados”.

En ese mismo testimonio Mattis dijo: “Nuestro ejército sigue siendo capaz, pero nuestra ventaja competitiva se ha erosionado. La combinación de tecnologías que cambian rápidamente y el impacto negativo de un largo y continuo período de combate ha producido como efecto un ejército sobrecargado y con pocos recursos. En respuesta, debemos acelerar los programas de modernización para solidificar nuestra ventaja competitiva».

Mattis expuso las prioridades del Pentágono: primero es la “modernización” de las armas nucleares, los sistemas de comunicaciones, el control y el mando nuclear. Inmediatamente después, fortalecer la Armada con la adquisición de un número asombroso de nuevos buques y submarinos y modernizar la Fuerza Aérea con aviones de combate avanzados. Finalmente, y para garantizar la superioridad militar, se incrementó en miles de millones de dólares la inversión en nuevas tecnologías: inteligencia artificial, robótica, armas hipersónicas y guerra cibernética.

Estas prioridades ya han sido integradas en el presupuesto militar. En febrero pasado, el presupuesto para el año fiscal 2021 definía con exactitud este cambio estratégico: “El presupuesto de Defensa 2021 apoya la implementación irreversible de la Estrategia de Defensa Nacional (NDS), priorizando los recursos y las inversiones para prepararse ante un posible futuro combate de alto nivel».

En otras palabras, esta visión de pesadilla nuclear, es el “gran legado” militar que el presidente Trump dejará a la administración Biden.

La Marina a la cabeza

Desde el principio, Donald Trump mostró públicamente su preocupación por la cuestión militar. En un discurso en la campaña de 2016 lamentó la situación de la Armada: “Cuando Ronald Reagan dejó el cargo, nuestra Armada tenía 592 barcos… Hoy, apenas tiene 276, una de mis prioridades como presidente, será construir 350 nuevos buques de superficie y submarinos”.

Al priorizar la creación de una gran Armada, Trump estaba pensando en grandes portaaviones. Ya, en marzo de 2017, mientras visitaba un nuevo portaaviones casi terminado (el USS Gerald R. Ford) declaró: “Nuestros portaaviones son la pieza central del poderío militar estadounidense en el extranjero. Hoy estamos caminando sobre cuatro acres y media de un barco de combate que es nuestro territorio soberano. No hay nada que se le parezca en el mundo, no hay competencia para este gran barco «.

No es sorprendente que el Pentágono se entusiasmara con la visión de una gran Marina. La razón: ven a China como el adversario número uno y creen que cualquier conflicto futuro con ese país se librará en el Océano Pacífico y los mares cercanos (En ese “teatro bélico” la única forma práctica de concentrar el poder de fuego contra las cada vez más defensas costeras de China son los grandes portaaviones.

El entonces secretario de Defensa Mark T. Esper, declaró a Pekín como el «principal competidor estratégico» y a la región del Indo-Pacífico como el «escenario prioritario» de guerras futuras: “Las aguas de esa región representan el epicentro de la competencia con China. Lamentablemente hoy el océano Pacifico es testigo de un comportamiento cada vez más provocativo de las unidades aéreas y navales chinas, ante esta actividad desestabilizadora los Estados Unidos debe estar listo para disuadir. Y, si es necesario, luchar y ganar en el mar».

En ese discurso, Esper dejó en claro que la Armada de los Estados Unidos sigue siendo muy superior a su contraparte china. No obstante, afirmó: “Debemos mantenernos a la cabeza; debemos mantener nuestra supremacía, seguiremos construyendo barcos modernos para asegurarnos de seguir siendo la mejor armada del mundo «.

Aunque Trump despidió a Esper el 9 de noviembre (entre otras cosas, por resistir las demandas de la Casa Blanca de acelerar la retirada de las tropas estadounidenses de Irak y Afganistán) el punto de vista del exsecretario de Defensa es hoy la “ideología dominante” en Estados Unidos: “hay luchar contra China en todos los planos”.

En apoyo de esta política ya se han comprometido miles de millones de dólares en nuevos armamentos, de esta manera Trump garantiza su legado. Él espera que  persistirá durante años y décadas.

Haz como Patton: golpea profundo, golpea fuerte

Trump dijo poco sobre lo que se deberían hacer por las fuerzas terrestres, excepto indicar que las quería aún más grandes y mejor equipadas. Lo que sí hizo, fue mostrar su admiración por los generales de la Segunda Guerra Mundial: “Yo fui fan de Douglas MacArthur. Era también fanático de George Patton”, dijo al New York Times en marzo pasado.

La reverencia de Trump por el general Patton es especialmente sugerente en una nueva era de competencia entre grandes potencias. Hoy las fuerzas estadounidenses y de la OTAN se preparan para enfrentar a ejércitos terrestres bien equipados en el continente europeo- tal como lo hicieron durante la Segunda Guerra Mundial.

En aquel entonces, los tanques de la Alemania nazi se enfrentaron a los tanques de Patton. Hoy, las fuerzas de Estados Unidos y de la OTAN se enfrentarían el ejército de Rusia en Europa del Este en una línea que se extiende desde las repúblicas bálticas y Polonia por el norte hasta Rumania por el sur.

Desde que terminó la Guerra Fría (con la implosión de la Unión Soviética en 1991), los estrategas estadounidenses habían dedicado poca atención a los combates terrestres de alta intensidad contra un adversario bien equipado en Europa. Ahora, con el aumento de las tensiones Este-Oeste el Pentágono está preparándose para lo que parece una versión militar de la Guerra Fría.

Esta vez, sin embargo, las fuerzas estadounidenses se enfrentarían a un entorno de combate muy diferente. En los años de la Guerra Fría, los estrategas occidentales imaginaban una guerra con tanques y artillería que lucharían a lo largo de cientos de millas de frente hasta agotar a bando contrario por completo, de tal manera que el enemigo no tuviera más remedio que rendirse o provocar una catástrofe nuclear.

Hoy, sin embargo, estrategas, imaginan una guerra multidimensional que se extendería al combate por aire, en zonas de la retaguardia, así como en el espacio y el ciberespacio.

En un entorno así, la estrategia estadounidense ha llegado a creer que para vencer debe actuar con rapidez y contundencia dando golpes paralizantes a lo que llaman las capacidades CI3 del enemigo (comando crítico, comunicaciones e inteligencia). Sólo entonces las unidades blindadas atacarían profundamente el territorio enemigo- al estilo Patton- para asegurar una derrota rusa.

El Pentágono ha denominado esta estrategia como «guerra de todos los dominios» y asume que Estados Unidos dominará el espacio, el ciberespacio, el espacio aéreo y el espectro electromagnético.

En una futura confrontación con las fuerzas rusas en Europa, el poder aéreo estadounidense buscaría el control del espacio aéreo, mientras lanza misiles para destruir los radares, misiles e instalaciones C3I de Rusia. Y solo cuando las capacidades defensivas de Rusia se degradarán por completo, el Ejército realizaría un asalto terrestre.

Preparados para usar armas nucleares

Los estrategas del Pentágono, piensan que es probable que un futuro conflicto con China y/o Rusia exigirá un combate intenso por tierra, mar y aire. Y que habrá que destruir la infraestructura militar rusa en los primeros días o en las primeras horas.

Este panorama se muestra como una estrategia ganadora, pero sólo si Estados Unidos lleguen a poseer ventajas abrumadoras en armamentos y tecnologías. Este es el problema que enfrentan los estrategas chinos y rusos cuyas fuerzas todavía no están a la altura del poder de los estadounidenses. Aunque también hay que decir que la estrategia de defensa de rusos y chinos es hasta la fecha un total misterio.

El análisis de la literatura militar rusa disponible ha llevado a algunos analistas occidentales a concluir que los rusos confían para evitar que se vuelva a invadir su país en el desarrollo de armas nucleares «tácticas» para aniquilar a las fuerzas de Estados Unidos y de la OTAN (esto es lo que hizo en el pasado siglo, las fuerzas estadounidenses cuando instalaron armamento nuclear en Europa para evitar una invasión soviética de Europa occidental).

De hecho, algunos analistas militares rusos han publicado artículos que exploran tal opción, aunque también es cierto que sus generales nunca han planteado este tipo de estrategia. Aun así, Trump citó, más de una vez, esta literatura no oficial como una evidencia de los planes rusos para una futura confrontación Este-Oeste. De esta manera su administración justificó el desarrollo nuevas armas nucleares.

El Programa de Actualización Nuclear de Trump declaro expresamente en 2018: «La estrategia rusa evalúa erróneamente la amenaza de una escalada nuclear y creen que un uso limitado de armas nucleares serviría para ‘desescalar’ un conflicto en términos favorables para Rusia. Para corregir esta percepción errónea el presidente debe tener una gama de opciones nucleares limitadas y graduadas».

En apoyo de tal política, el Programa de Actualización Nuclear solicitó la introducción de dos nuevos tipos de armas nucleares: una ojiva de «bajo rendimiento» y un nuevo misil nuclear lanzado desde el mar (cada uno de estos misiles podrían, por ejemplo, pulverizar el Bajo Manhattan sin destruir toda la ciudad de Nueva York).

Algunos de estos programas son iniciativa particular de Donald Trump. Las primeras ojivas de bajo rendimiento (W76-2) ya salieron de las líneas de montaje y se instalaron en misiles y ahora están desplegadas en los submarinos Trident que cruzan todos los océanos.

Si Joe Biden quisiera retirar estos misiles nucleares debería ir contra su propio alto mando y aun así le sería muy difícil cambiar los fundamentos estratégicos de la “era Trump”. Durante estos cuatro años la idea que las armas nucleares podrían usarse como armas de guerra ordinarias entre las grandes potencias se ha instalado profundamente en el pensamiento del Pentágono.

Mientras se debate por la retirada de las fuerzas estadounidenses de Afganistán, Irak, Siria y Somalia, el verdadero legado Donald Trump ha pasado desapercibido. La estrategia impulsada por su mandato nos podría llevar a “un desastre para siempre”.

Los miembros del círculo inmediato de Biden han presentado algunas ideas sobre la transformación de la política militar estadounidense, pero han olvidado que la prioridad debería ser cambiar la actual y peligrosa Estrategia de Defensa de Estados Unidos.

El legado militar de Trump nos ha puesto en “curso de conflicto” con China y Rusia. No basta con terminar con las “guerras interminables”, la nueva estrategia del Pentágono puede llevarnos hasta una guerra con un nuevo significado más sombrío y catastrófico.

El pernicioso legado militar de Trump

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