España inventada y Neutralización de Asturies. Carlos X. Blanco

 

España inventada y Neutralización de Asturies

 

La tesis central de este libro ya viene formulada en el propio título. España es un Estado que desea definirse como Nación, pero esto es solo un desideratum. El Estado Español, pese a haber contado con una larga historia como Imperio plurinacional, ahora Reino, nunca ha podido satisfacer del todo su deseo homogeneizador y su anhelo de convertirse en una verdadera Nación. Por otro lado, Asturies, antiguo Reino medieval, Nación con lengua propia, pese a su actual y vergonzosa falta de reconocimiento oficial en su Estatuto autonómico y en las demás leyes del Estado, es hoy un País Neutralizado a todos los niveles (identitario, económico, social). Una combinación de intereses mafiosos dentro de la propia Asturies y un non plus ultra estratégicamente planificado desde Madrid en todo lo que se refiere a una posible evolución (con)federal del Estado, impiden la legítima participación del País Asturiano en este proceso, reduciéndole a la mera condición de Colonia (energética) y de parque temático. La historia de esta Neutralización viene de muy atrás, pero el periodo más significativo es el de la llamada “Transición Democrática”.

1. Hay que impugnar la Transición. Este es el momento adecuado para impugnar la ideología imperante desde la Transición. No hacerlo va a suponer un pecado: el pecado de la minoría de edad permanente, el pecado de no saber caminar sin ir de la mano de tutores. Deben removerse algunos residuos del franquismo que ya hoy, una generación más tarde, ponen trabas al orgullo de los demócratas, esparcen pestilencia mental en la sociedad ilustrada, avergüenzan a la izquierda.

– Primera traba: consentir a un Borbón puesto por Franco. No hay fuerzas de masas suficientes para lograr un cambio constitucional que restaure la legalidad republicana interrumpida por el fascismo en 1936-39. Este sería el paso previo idóneo para abrir un profundo proceso de reforma territorial, que pasaría por el reconocimiento del derecho de autodeterminación de todas sus naciones y nacionalidades. Jurídicamente, una nueva República de pueblos ibéricos federados o confederados supondría el fin de las rémoras monárquicas que esquilmaron la historia y la personalidad de la mayor parte de ellos, unciéndolas violentamente a un yugo regio de inercia despótica y negadora de sus usos, leyes y ancestrales modos de ser. Simbólicamente, supondrá la derrota moral –ya que no pudo ser militar- de los fascistas encabezados por Franco, que unieron su afán genocida e intolerancia cruel a la larga nómina de reyes y validos hispanos, tanto Habsburgo como Borbones. Estos, desde el primero hasta el último, nada tuvieron que ver, en cuanto liberticidas, con las mayoría de las tradiciones– tradiciones forales, asamblearias, parlamentarias y democrático-concejiles- de la mayoría de los pueblos integrantes del actual Estado. Es hora de volver a votar una Constitución en la que, con plena confianza, sin miedo a espadones como en 1978, se pueda decidir un sistema formal de libertades democráticas sin tener por qué comulgar con la rueda de molino de una Monarquía restaurada por la violencia. Monarquía que ya en 1931 había huido al extranjero para su vergüenza y sin honor.

– Segunda traba: no practicar una impugnación inmediata de todo género de Concordatos y componendas con la Iglesia Católica, respetando de una vez el cariz laico del Estado, en atención a los millones de ciudadanos que no son católicos y de aquellos que, siéndolo, aspiran también a una higiénica separación a plenos efectos entre religión y vida política. Eliminación de la religión en la enseñanza, así como fin inmediato del gravoso sostén que el Estado hace en pro de la Iglesia Católica, reacia a deshacerse de sus propios tesoros para cubrir sus propias necesidades, que es por otra parte la obligación natural de toda otra corporación privada que no disfruta de tamaños privilegios.

Dos trabas tan elementales, vergüenza para la “izquierda oficial” en la mayor parte del Estado, que no se pueden remover. Es la falta de una izquierda real, esa burocrática izquierda autoinmolada en el engaño al pueblo que se dio en llamar “Transición”, lo que hace del invento de ”España” un Estado de baja calidad democrática, con prohibiciones de partidos, cierres de periódicos, dictaduras sindicales, secuestro de las opiniones por parte de grupos mediáticos, represión lingüística, violaciones de los derechos humanos y manipulación del proletariado en un ambiente de esclavismo creciente. Para qué queremos más.

Habiendo sido Asturies una pieza clave para la restauración de las libertades en el Estado, con sus huelgas generales de trabajadores a lo largo de todo el franquismo, los revisionistas de Madrid, tanto si son los herederos del Régimen como los representantes de la izquierda oficial, quieren hacernos creer que el retorno de la democracia (formal) vino de la mano de reformistas del Movimiento, o de Intelectuales y activistas situados en la Universidad madrileña, principalmente. Si ánimo de ser exclusivista, debemos decir que este revisionismo constituye un agravio para la rebelión de los miles de mineros y demás miembros del pueblo trabajador asturiano, verdadero desafío al Fascismo, en solidaridad con los cuales muchos otros obreros y sectores de la izquierda del resto del Estado se levantaron después. Bien, pues siendo Asturies la primera en levantarse, en el proceso negociador de la Transición quedó arrinconada en forma de autonomía “de baja calidad” y trámite lento, sin reconocimiento de su idioma ni de su personalidad nacional, como mera Colonia extractiva e Industrial, en todo complementaria y subsidiaria del Estado Español de tradición esclavista.

2. España es un estado esclavista. En textos anteriores hemos tratado de mostrar que hay una incompatibilidad estructural entre Asturies y el Estado Español. Este se caracteriza por una larga tradición de capitalismo esclavista, situado como está en la órbita de la civilización afro-semítica y mediterránea. El carácter nórdico de la formación social asturiana impide, ya desde el punto de vista estrictamente material (ecología, paisaje, climatología, ordenación territorial y productiva a partir de la Casería) la más mínima sintonía con estos usos meridionales y mediterráneos.

En el mundo antiguo había esclavos por deudas. Hoy los hay por hipotecas. El trabajo basura no permite si quiera endeudarse. Tu misma existencia se ve hipotecada. Quien se puede endeudar por una vivienda, es un afortunado. Se nace ya en una sociedad de mercado en la que el individuo sin trabajo ni propiedades es basura difícilmente reciclable. El trabajo basura hace de los humanos, basura y media, arrastrándose por ciudades basura, colmenas de seres hacinados, torres de oficinas y de humos. Eso en el “primer mundo”. En el segundo, el tercero, el cuarto, etc., la esclavitud es aún más explicita y sangrante. Son esclavos los niños. Son esclavas las mujeres. Todos son esclavos del hambre. Solo por venir al mundo, sin necesidad de “ofrecerse” a un mercado laboral organizado bajo los auspicios del capitalismo, la masa humana desprotegida, en sociedades desorganizadas deliberadamente, está en venta y se regala.

De las “oleadas” de miseria humana se extrae pingüe beneficio. Basta con apostarse con discretos recursos (capital, tierras, capacidad -en general- de contratación) en una playa sureña cualquiera, en una costa de frontera, o quizá en una ciudad de frontera (todas las de tamaño considerable ya lo son) y “ofrecer”. Ofrecerles trabajo, darles paternalmente una “oportunidad”. O sea, sin pamplinas, explotarles. Este empresariado canallesco ha proliferado sobremanera en España. Todo el arco mediterráneo, junto con el centro-eje que lo dibuja en el mapa, Madrid, sube como la espuma en plusvalía loca. Nunca se vio tan gorda. La locura del trabajo barato ha sacado a muchos patanes de la estrechez y los ha catapultado de golpe hacia una posición propia de una burguesía consumista e inmoral como nunca hubo en este estado-frontera.

Luego, dirán, cuando no se necesiten los nuevos esclavos habrá que suprimirlos. Expulsión burocrática, campos de internamiento, supresión de permisos, vuelos fantasma con emigrantes deportados bajo los efectos de narcóticos. Quizá empiecen con los asesinatos selectivos, las amenazas veladas que van siendo más y más explícitas. Se verá el auge de la ultraderecha y de pandas xenófobas… Todo eso puede esperarse cuando el ciclo ascendente de una economía que se basa en el ladrillo, por un lado, y en la ultraexplotación del trabajo mísero, por el otro, finalmente vaya a pinchar. Y en las fases depresivas del ciclo, los esclavos sobrarán. Es cuestión de tiempo.

“Pero puede que haya muchos –dirán los nacionales. Puede que ya estén dentro y se hayan creído que los derechos “por los que tanto se ha luchado” (¡ay! Bendito estilo impersonal, maravillas del lenguaje) les deban alcanzar a ellos. Ilusos. Les falta sangre, raza, pedigrí… ¿Qué pretenden? ¿Vivir como nosotros, la gente de toda la vida, la gente normal? ¿No se les ha dado una oportunidad? Pues cuando no hagan falta… ¡largo!”. Así es la mentalidad predominante en la burguesía hispana.

En plena Europa estamos conociendo los campos de internamiento. Todo el siglo XX fue testigo de la estabulación de los seres humanos. No fue Hitler el pionero, quizá. El y Stalin tuvieron el maravilloso precedente de la Espala franquista. Como estrategia aniquiladora de retaguardia, la llamada “guerra civil” española dio importantes pasos hacia el almacenamiento de seres humanos que no eran simplemente “prisioneros de guerra”, a tratar de acuerdo con unas convenciones internacionales estipuladas, sino que hubo de tratárseles como escoria subhumana y como enemigos irreductibles. Enemigos ideológicos, incluso. Pues ya no se trataba de exterminar a supuestos exterminadores, sino a todos aquellos manchados por “pensamiento, palabra, obra u omisión”, como dice la Santa Madre Iglesia, promotora de la “Cruzada” franquista. Después, en 1939, una república –la francesa- “ayudó” a otra república, la española derrotada, creando campos de concentración para almacenar a unos vecinos cuyo único delito cometido era tratar de huir de sus implacables verdugos fascistas. Y luego vinieron en rápida sucesión todos los horrores conocidos del Holocausto, y demás campos de exterminio. Y así prosiguió la historia en todas las contiendas acaecidas en el globo tras la II Guerra Mundial. El siglo XX es el gran siglo del almacenamiento de vidas humanas tras las alambradas, con el noble fin de exterminarlas, rápida o lentamente, incluyendo en no pocas ocasiones la muy sensata oportunidad –rara vez desaprovechada- de extraer, de tantos cuerpos disponibles, algún rentable beneficio: trabajo esclavo, diversión sexual, piel para hacerse carteras y botas. La guerra de Vietnam, la de Yugoslavia, Irak, etc. , proporcionan ejemplos excelentes de genocidio perfeccionado. Las lecciones de Franco, un pionero en la esclavización de sus enemigos ideológicos, Hitler, Mussolini, Stalin, etc., nunca se olvidaron. Todo parece indicar que gracias a internet y una TV vía satélite, la pornografía de la violencia genocida no está haciendo más que empezar, y que aquí se abren inusitadas vías de negocio, no ya para los ejércitos y los estados ejecutores, sino para las empresas. Este sector de la apropiación de vidas y cuerpos humanos ya lleva tiempo privatizándose. La propia lógica del mercado ha dado pie a ello. En principio, ningún ser humano está dotado de privilegios absolutos en cuanto a su ligazón a la tierra, a un sentido de la dignidad o de la profesión. En un mundo donde rige cínicamente la ley de la mercancía, se borran todos los contornos entre humanidad y objetos de cambio. Lo humano mismo, primero en parte (su trabajo) y luego en el todo (su cuerpo, su alma, su dignidad) posee un valor de cambio pues la lógica diabólica en la que vivimos todo lo cuantifica, y no existen limitaciones inferiores ni superiores a ese valor de cambio, o a ese precio efectivo. El valor igual a cero de muchos seres humanos es un hecho constatado. Millones de personas no reciben la “subvención” mínima que les libraría de la muerte por inanición, y que sí recibe, por el contrario, una res de ganado, por ejemplo.

“Una vida humana igual a cero”. El mero hecho de igualar su valor a una cifra, que expresa un valor de cambio, o un precio, es el gran crimen que el hombre ha cometido contra sí mismo. En su origen, el propio estado es el germen de la domesticación de los hombres a cargo de hombres armados, vale decir, la esclavitud. Mucho después, la aparición del modo de producción capitalista no ha conseguido sino perfeccionar los mecanismos de sujeción del hombre sobre el hombre, y a través de ellos, la sujeción y expolio de la naturaleza. Cualquier asignación de valor, valor mínimo o máximo por encima de ese cero absoluto (es decir, las vidas de usar y tirar, que no valen nada), es un acto criminal en el que todos, al menos en nuestra condición de consumidores, estamos participando.

Participamos en un comercio injusto, genocida, a escala mundial. Sobreprotegemos una agricultura europea comercial que causa hambre en países extraeuropeos cuya única fuente de riqueza es precisamente la agricultura y su exportación a precios razonables. Compramos prendas confeccionadas por niños y mujeres, seres sometidos a la esclavitud de grandes corporaciones. La lechuga y el tomate que llegan a nuestro súper ¿por qué manos han sido cultivadas y recogidas? ¿Por las manos de un trabajador pagado y protegido de acuerdo con los derechos sociales por los que tanto se ha luchado, como dirían los sindicalistas de CCOO y UGT? Háganse a la idea. No solo los plásticos de Almería o Murcia constituyen ese “territorio de frontera” en donde los derechos sociales han quedado en suspenso y la bendita y civilizada civilización occidental está de vacaciones. No. La porosidad de las murallas de los “derechos sociales y laborales conquistados”, pero no exportados ni tampoco generalizados, es un hecho evidente. La vergüenza de las alambradas gigantes de Ceuta y Melilla sólo es el aperitivo de un nuevo y complejo entramado feudal de compartimentación de los derechos y habitaciones de las gentes. Habrá en cada ciudad y en cada pueblo una zonas de estabulación humana, a donde recurrir bajo cuotas pactadas con sindicatos, patronales y ONGs (incluidas las Hermanitas de la Caridad), cuando hagan falta contingentes de sobrexplotados laborales u otros sirvientes de aspecto humano. Los que no entren en la cuota de la suerte, seguirán en su establo alambrado mantenidos con vida con la sopita caliente y la asistencia de la Cruz Roja, a ver si en otro cupo se les puede aprovechar para algo útil o rentable. Al otro lado de las alambradas, la sociedad bien pensante y neoesclavista invertirá en viviendas más lujosas, en segundas y terceras residencias, limpiará dinero negro comprando coches potentes o alquilando plumas periodísticas (digo alquilar, excluyendo aquellas que no estuvieran compradas ya) que tratarán de desviar la atención y difundirán mucha falsa conciencia.

Y tan contentos. De forma “fractal” las formas más miserables y atroces de explotación y depredación del hombre sobre el hombre, y sobre la naturaleza, se irán inoculando desde el tercer y cuarto mundos al primero, el mundo fortaleza, que se contagiará de su propio crimen. Pero ¿por qué empleo el tiempo futuro al escribir? El futuro ya está aquí.

3. Todos contra el Fascismo Mediático. Conviene llamar a las cosas por su nombre. Esto que tenemos no es una Democracia Mediática, sino un Fascismo Mediático. España como Estado ha perdido la oportunidad de regenerarse. Durante la llamada Transición se vendió a bombo y platillo una mercancía dudosa: miedo. El miedo fue el plato servido, la amenaza supuesta a una Involución. Hay que hacer las cosas despacio, nos dijeron, tragando sapos, porque los militares no van a consentir esto ni lo otro. Entonces, una izquierda española ya comprada de antemano, salió de sus agujeros, o (como en el caso del PSOE) se inventó a sí misma, y pactó. Pactó con los herederos del Régimen Fascista para que la Constitución admitiera, a cambio de unas anheladas libertades formales, toda una serie de humillaciones: 1) aceptación de un Régimen Monárquico, con un Jefe de Estado que sería el mismo Borbón designado por Franco para sucederle: 2) Aceptación del texto constitucional que habla de la “Indisoluble Unidad de la Nación Española”, así como 3) la apelación a las Fuerzas Armadas (monopolio estatal de la violencia) para preservarla.

Cuando Santiago Carrillo volvió a pisar el suelo del Reino de España, lo hizo envuelto en la bandera monárquica, la misma bandera que fue la del bando vencedor, y por lo tanto, la bandera del fascismo. Tras su sovietismo conocido, pues conocidos son los vínculos estalinistas la vieja guardia del PCE, Carrillo ya llevaba muchos años cultivando desde el exilio una política de “reconciliación nacional”, esto es, de guiños a Franco, además de un acercamiento cada vez más expreso a los postulados de la Socialdemocracia y al sistema de democracia formal y la economía de mercado. Con un currículo tan favorable, que le había hecho ganar muchos puntos en su concurso-oposición a ser líder plenamente reintegrado en la España post-franquista, Carrillo ofendió a los muchos combatientes de la República que en los años 70 aún quedaban. Los verdaderos comunistas que por entonces quedaban vieron como la legalización de la hoz y el martillo pasaba por una aceptación de la rojigualda, por culpa de la cual muchos rojos habían muerto. La trayectoria del Sr. Carrillo en esa línea de integración absoluta en el Postfranquismo es bien conocida de todos. De ser líder de los comunistas españoles ha pasado a convertirse en algo mucho más importante: conferenciante, tertuliano de los media, cortesano juancarlista, “hacedor” de libertades… Todo un ejemplo de contrarrevolución.

El legado del carrillismo no se hizo esperar. El PCE quiso ponerse bajo el paraguas de una coalición –Izquerda Unida- que, como todos los inventos de diseño, era heterogénea y en realidad solo servía de disfraz para mantener oculta la hoz y el martillo, y esconder así las vergüenzas de un pasado estalinista o, sencillamente, comunista. Con la reconversión de siglas, el proyecto de Izquierda Unida fue volviéndose progresivamente socialdemócrata, y de él incluso trataron de borrarse los más mínimos restos del marxismo-leninismo. Algunas corrientes entraron a formar parte de su ideario, el ecologismo, el feminismo, pero sin llegar a poder sustituir en modo alguno la concepción del mundo revolucionaria, el marxismo-leninismo, pues esto no es posible. IU cortó el tronco de su árbol, queriendo quedarse con algunas ramas, y esto es suicida. Desde entonces, al querer jugar la baza de la “Democracia Formal”, no hubo otra cosa que descalabro tras descalabro. Los años 80 fueron los años en los que el sistema, de “formal” pasó a “mediático”. Fue mediática la victoria que Felipe González obtuvo en el referéndum a la OTAN. Auténtico terrorismo mediático: se nos dijo que no entrar en un Club de Armas como ese implicaría no ser aceptado en la C.C.E.E., ergo, el Reino de España quedaría al nivel del Reino Alauita, esto es, en la periferia atrasada del mundo pre-democrático.

También se puede decir que los orígenes de la Democracia Mediática “a la española” tuvieron su comienzo con el tratamiento censurado que los medios de comunicación dieron al 23-F. Se nos quiso hacer creer que la intentona militar, (que de forma unánime entre los responsables se realizó invocando órdenes del Rey) y tras unas horas de secretismo, fue parada por una especie de “heroico” discurso regio ante la TV. Sea o no cierto que el teléfono de la Casa Real “echó humo”, como sostiene el Gral. Sabino Fernández Campo, lo que el pueblo no conoce todavía es el contenido exacto de aquellas conversaciones. Un hombre con tricornio, pistola y bigotes, junto con otros pocos peces gordos del Ejército español, algunos de ellos bastantes cercanos al monarca, fueron los que dieron la cara, para pagar el pato, quedándose muchos otros uniformados en la oscuridad. El culebrón del 23-F sigue siendo un misterio, pero fue en todo caso la oportunidad de oro para amordazar aún más si cabe a la izquierda. A continuación se creó esa imagen de una izquierda inofensiva, festiva y dicharachera, cuando no abiertamente reaccionaria. La izquierda oficial que ante las torturas y los escuadrones de la muerte miraba para otro lado, y sigue haciéndolo. La izquierda festiva tan bien representada, por ejemplo, por el viejo profesor Tierno, alcalde de la Villa y Corte, cuando gritó aquel pregón de “¡A colocarse y al loro!”, lema sublime y exponente máximo, según parece, del proyecto de revolución social que un día compartieron socialistas y comunistas. La izquierda festiva integrada en el sistema, que disfruta de un “régimen de libertades” que incluía un sinfín de pelotazos y de saqueos al patrimonio público y natural. Ya hubo dinero para todos: para los franquistas, que no querían perder sus pazos y privilegios, y para los progres integrados, esos mismos que hoy –a punto de su jubilación millonaria- “dan la cara…” por Zapatero (p.e. Sabina, Víctor Manuel, Almodóvar…). ¿Qué haríamos los pobres recalcitrantes “de provincias” sin esta eximia Movida Madrileña y sin estos pastores de pueblos?

La década de los 80 fue un periodo ominoso de españolismo y para el consiguiente retroceso de la izquierda. Fueron los años en los que el comunismo retrocedió a pasos acelerados bajo el insulso mensaje “progresista” de Izquierda Unida y el moderantismo impuesto por el miedo a un nuevo 23 –F. Fueron los años en los que antiguos marxistas retrocedieron a los postulados propios de la mera democracia liberal. Nunca hubo tantos apóstoles y creyentes en la democracia formal y liberal como entre los dirigentes de IU, con líderes como Julio Anguita que repetía aquello de “programa, programa, programa”. Si Lenin dejara de ser momia y levantara la cabeza ¡les iba a dar Programa a todos ellos!.

También sucedió en estos años que hubo un decidido afán por parte del Poder Central en orden a congelar el proceso de transformación territorial del Estado. Incluso partiendo de la Constitución vigente desde 1978, se hubieran podido profundizar las reformas autonómicas, dirigidas en un sentido federal y/o confederal de las Comunidades Autónomas. Nada de eso se hizo. Se prefirió pactar con los dos nacionalismos coyunturalmente fuertes en estos años, el vasco y el catalán, olvidando el cariz histórico y la personalidad diferenciada de otras naciones del estado. Las razones a priori se pisotearon, y las verdaderas naciones históricas que formaban parte del Estado, como el caso de Asturies, que es el que en este escrito me interesa subrayar, se arrinconaron en el desván, ateniéndose únicamente a la contingente correlación de fuerzas de esos momentos. Además de Asturies, otros países de carácter histórico, aunque con sus lenguas propias en un estado de gran deterioro y retroceso, también lo son León y Aragón, por ejemplo, igualmente tratadas como “residuos” de Reinos, rebajadas a regiones. En cambio, se crearon entidades absurdas y artificiales. Absurdo y artificial fue disociar la Nación Castellana en dos comunidades. Ridículo fue inventar un sartal de comunidades uniprovinciales que jamás fueron entidades políticas ni comunidades regionales suficientemente diferenciadas (Murcia, La Rioja…). Quizá en ello tuvo mucho que ver el afán de “homologar” el caso asturiano, que por necesidad era un País único en sí mismo, desde inmemoriales tiempos, y por tanto no podía ser provincia de ningún otro ente autonómico. También jugó un papel en ello el hacer frente común en contra de una Euskal Herria unida, que abarcara (en lo que al Estado Español se refería) tanto la Comunidad Foral de Navarra, como las tres provincias vascas que hoy forman Euskadi. Y ya para terminar con la “ingeniería territorial” arbitraria de aquellos próceres de la Transición, mencionemos el agravio con León, País y antiguo Reino que hubo de pagar los platos rotos sobre el problema de las comunidades de provincia única. León tuvo que terminar de “castellanizarse” del todo, como si la historia de su anexión en el Medioevo no hubiera sido suficiente, impidiendo formar una entidad a parte.

La Constitución de 1978 también se escribió de una forma autoritaria al impedir federaciones entre países o entes autónomos, negando así los vínculos históricos, lingüísticos, culturales, entre esos países. Todavía es muy difícil de entender por qué en ciertos ámbitos madrileños, aupados desde siempre al Poder, se ve con tanto rechazo una especie de federación entre los Países Catalanes, por ejemplo ¿Es incompatible la autonomía de cada comunidad con otro tipo de lazos supra-ordenados? Si nos ponemos así, tan recelosos de este tipo de supra-organizaciones, yo pregunto: los españolistas más celosos de la soberanía “nacional”, ¿qué hacen al permitir que este Estado siga formando parte de la UE, de la OTAN, etc.?

Como he dicho más arriba, en los años 80, hasta el año 1992, se puso un freno autoritario al proceso de asunción de competencias autónomas y de federalización del Estado. Este proceso, juntamente con una importante dosis mediática de españolismo, culminó con los fastos de 1992. En esa fecha tuvo lugar una bochornosa exaltación de la “Hispanidad”, vale decir, del Genocidio español en las Américas. La Expo, verdadero nido de ladrones, arrojó la verdadera cara de la Hispanidad. Entre miles de corruptelas y saqueos al erario público, Sevilla ofreció al mundo la verdadera cara de lo español: la Picaresca. Agujeros muy grandes de dinero, y consolidación de las desigualdades entre el pueblo, eso significó siempre el Imperio Español. Por otro lado, ante el mundo se ofreció la consabida imagen flamenquista de este Reino. Un Reino de siempre plurinacional, que se resiste de mil maneras a la pretendida imagen homogeneizadora de las gitanas vestidas de faralaes, toreros chulescos, tonadilleras y taconeos. Con todos los respetos al folklore del Pueblo Andaluz, ese folklore no puede distorsionarse hasta el punto de ser alzado ideológicamente como representativo de una “Nación” Española. La “Nación” Española no existe, solamente es un Estado que contiene muchas naciones y pueblos, y por lo tanto este Estado no puede gozar de una imagen homogénea, ni siquiera a los efectos prácticos de atraer turistas, no puede sin ejercer en la práctica un atentado contra los demás pueblos y naciones que no son andaluces (el propio pueblo andaluz es víctima de la distorsión españolista de sus tradiciones, dicho sea de paso). Las Olimpiadas de Barcelona, con todas sus especulaciones urbanísticas y la ya tradicional manipulación fascistoide que se hace del deporte, entendido de forma nefastamente competitiva, luchando bajo banderas de estados (no siempre naciones) en un sentido cuasi-militar, completaron el cuadro pésimo de ese año: 1992, el Quinto Centenario del Genocidio cometido contra los Amerindios.

Y ahora vamos a entrar en el capítulo de lo Económico y lo Laboral. El “Cambio” que introdujeron los socialistas, significó más bien el “Chasco”. La política económica de los socialistas no llega a ser, ni siquiera, socialdemócrata. Se caracteriza y se caracterizó ya en los tiempos de Felipe, como una política abiertamente neoliberal, en la que se siguieron consignas bien claras de Alemania y Francia bajo el pretexto de una “convergencia”. Estas consignas se basan en la utilización de los países del Estado Español como verdaderas colonias de los grandes capitales europeos, y en general mundiales, recortando todos aquellos instrumentos que, en el sector primario y secundario, podrían garantizar la autosuficiencia de los mismos. Esto fue lo que sucedió con Asturies. En Asturies, por causa de la maldita “convergencia” y la nefasta consigna de la “competitividad”, casi llegó a ser un delito poseer una vaca. Casi extinguieron las vacas lecheras de los verdes valles asturianos. Esos mismos años, las grandes superficies del País Asturiano se llenaron de cajas de leche francesa. También se cortó de raíz la industria pública, pues aquellos eran los años en que estaba produciéndose una deslocalización de ésta hacia países asiáticos, y la industria germánica necesitaba, para su readaptación, no contar con competidores en el Cantábrico. Mientras tanto, la única “Movida” fue la “Movida Madrileña”. ¡Qué divertida es la Capital, Villa y Corte! Sobre todo si cuentas con despachos desde los cuales mandar, mandar siendo al tiempo un lacayo de los colosos europeos, del capital. Tierno decía aquello de “¡a colocarse y al loro!”. Y Solchaga, rey del Pelotazo, decía aquello de: “¡España es el país en que más fácil resulta ganar mucho dinero en muy poco tiempo!” Pelotazo, Corrupción, Mentalidad Colonialista y Lacayuna, Picaresca Española… Todo esto fue lo que nos trajeron los ancestros directos de Zapatero. Fueron los socialistas los que consiguieron hundir mi País, en los años 80 y 90, y por eso, porque está precisamente hundido y colonizado, es por lo que ganan en Asturies sistemáticamente las elecciones.

¿Qué necesita Asturies hoy? Es evidente que una nueva izquierda. Revolucionaria, porque el cambio de mi País sólo va a acontecer un día de manera revolucionaria y no (solamente) electoral. Una izquierda con carácter Patriótico, que reflexione de veras acerca de la escala en la que ha de desarrollar su labor política, la tarea de agitación, propaganda, el esfuerzo titánico de echar a rodar una pequeña bola de nieve que, algún día, será muy grande, tan grande como para aplastar los poderes fácticos que vinieron aquí, se instalaron, echaron raíces y vampirizan las energías de mi País. Una Asturies nueva, que retome su más ancestral tradición: vivir en Socialismo. Una Asturies que recuerde lo que siempre debió ser, hasta que el Fascismo Mediático nos lo borró con torpes gomas y con mazazos: un País Independiente y que ama la Independencia.

Como dijo Píndaro: “Aprende a ser el que eres”.

Nota: nunca me voy a cansar de repetir que los cómplices de la situación colonial de Asturies son IU-Bloque-de-Diseño. En el anterior periodo de gobierno autonómico gozaron de las migajas del Poder, prestando su marca de fábrica para un supuesto gobierno autonómico “de Izquierda Plural”. Como cómplices del etnocidio calculado por la FSA, el resultado fue: ni un solo avance en los derechos de los trabajadores, ni un solo avance práctico en los derechos de los asturhablantes, ni un solo cambio de orientación en la política colonial agresiva con el medioambiente y terrorista para con la juventud asturiana, condenada a emigrar. Desde que Valledor se puso la montera picona, se puede apreciar a las claras una estrategia fagocitadora por parte de IU con respecto al nacionalismo asturiano y el asturianismo. Después de fracasar en sus respectivas “marcas” electorales (progresismo, ecologismo, etc.), después de ser la fotocopia programática del PSOE, ahora desempeñan al servicio de éste partido omnímodo la triste misión de querer dividir y enfrentar entre sí al nacionalismo y a la izquierda con conciencia nacional en Asturies. Se puede sospechar que su proyecto no consiste sólo en arañar un puñado de votos “asturianistas”. Su proyecto es, ni más ni menos, desactivar del todo una potencialidad nacionalista inherente al propio pueblo asturiano. Divide y vencerás. Es la vieja táctica de los submarinos preparados por el PSOE desde que éste tiene poder en España. Tratan de ser “integradores” o “centrípetos” respecto a ciertas demandas nacionalistas o asturianistas para condenar a todos los que no quieran participar de ese juego estratégicamente planificado. Parece mentira que algunos traguen el anzuelo, tanto si Valledor (de IU) se pone la montera como si Gabino de Lorenzo (del PP) se pone la boina. Su nacionalismo o asturianismo es de lo más superficial, taimado y oportunista. Y procede de las sucursales de partidos españoles que quieren por encima de todo mantener el status quo (o la cuota cerrada) de las tres nacionalidades “históricas”, dejando a Asturies dentro del saco genérico lo que se entiende como “España”. Esto es, dejando a Asturies neutralizada.

4. ¿Cuándo nace España? El que escribe estas páginas, sin ser demasiado mayor, aún recuerda los libros de texto y las explicaciones de maestros que retrotraían el supuesto nacimiento de España como Nación en fechas muy remotas. En los años 70 del pasado siglo, todavía aparecían personajes como Viriato, Séneca o Trajano como “españoles”. Los asturianos, para desgracia suya, también suelen dejar amplia constancia del mito fundacional de España en la batalla de Covadonga (siglo VIII) y su victoria ante los muslimes. El princeps de los ástures, don Pelayo, en rigor, el primer rey de Asturies, ha sido usurpado por la historiografía nacionalista española y colocado en la raíz misma de la Nación Española. Con ello, se obtuvo un beneficio doble. Primero, la Nación Española se inventó un origen noble y con tintes propios de gesta heroica, más creíble que la supuesta gesta numantina y que cualquier ethnos protohistórico (por ejemplo, el ethnos celtibérico como supuesto germen de lo español), pero lo bastante remoto como para que no fuera puesto en discusión en su dialéctica incesante con las naciones “periféricas” del Estado Español. Segundo, se cerraba de plano cualquier discusión “identitaria” sobre el carácter nacional de lo asturiano, identificando el País Ástur con una supuesta “España Primordial”, y una “Cuna” de la Hispanidad. Lo absurdo de tal mito, de clara raíz romántica, haría que cualquier persona seria dejase de hablar del Covadonguismo a la luz de nuestros conocimientos historiográficos actuales. Es cierto que el mito covandonguista contó con apoyos entre los principales iniciadores del asturianismo moderno (Xovellanos, Caveda y Nava), con su teoría de las dos naciones (una nación “pequeña”, Asturies, que se habría de integrar –no por anexión, sino precisamente por crecimiento y salto cualitativo- en una nación “grande”, España, con respecto a la cual habría plena continuidad e identidad de naturaleza sin por ello perderse los rasgos diferenciales del germen ástur). Tal teoría, en un principio defendida incluso por los padres del asturianismo moderno, ha pasado a ser una de las bases del covadonguismo, vale decir, españolismo dominante en Asturies. Líderes de los partidos españoles con sucursal en su “Principado” (PSOE, PP, IU) la enarbolan siempre que pueden con el fin de acallar el hondo sentir nacional de los asturianos. Se trata de una prolongación directa del covadonguismo represivo que la derecha española exhibió desde sus victorias bélicas de 1934 y 1937 frente a los asturianos revolucionarios en armas. El lirismo romántico del covadonguismo de Caveda y Nava en el siglo XIX se trueca en ideología-mordaza para frenar el avance de una conciencia identitaria de un pueblo vencido y sometido. De ser un peligro para los ideales fascistizantes de la derecha española, el pueblo asturiano habría de convertirse –manu militari- en el germen y en el alma de la misma españolidad. Tal patraña no se va a poder mantener siempre.

El otro gran mito fundacional de España, es el casorio de los Reyes Católicos. Se ignora en tal mitología que la unión matrimonial entre la reina castellana y el rey aragonés estuvo a punto de disolverse tras la muerte de Isabel. Se ignora que el ansia de poder puramente personalista de un soberano de aquellos tiempos no puede conformar una construcción nacional. Se olvida que, apenas un siglo antes, los reyes castellanos hubieron de aplastar innumerables revueltas de nobles asturianos que añoraban su dominio soberano pleno sobre la mayor parte de lo que hoy es Asturies. No quiere recordarse que ya en tiempos del Reino de León, después unido al de Castilla, Asturies gozaba de plena autonomía por haber sido, esta vez sí, la cuna del Reino de León, y Oviedo conservaba todavía su condición de Sede de la Corte, incluso cuando ésta se había trasladado a León. Nunca quiere decirse en alto que, habiendo ya reyes leoneses, siendo como eran descendientes de los de Asturies, muchas veces coronaban como “Reyes de Asturies” a miembros de su familia que gobernaban con plena independencia. Tampoco se suele señalar que la Junta General del Principado fue el órgano soberano de gobierno del País cuyo origen podría datarse de antes de la creación del propio Principado por parte del rey castellano (precariamente se creó el Principado en 1388, y no fue hasta el entrado el s. XV cuando se consolidó no sin antes habérselo anexionado con las armas, como después hizo Castilla con Navarra ya en el s. XVI).

El otro gran mito fundacional es el del dos de mayo de 1808, el alzamiento contra los franceses. El año 1808 es una fecha que, a decir de los nacionalistas españoles representa el verdadero nacimiento de una Nación Española y que por eso hoy (escribimos esto en 2008) tras dos siglos, debería conmemorarse. La tesis que pide conmemorar tal efeméride suele venir avalada por el hecho mismo del Alzamiento popular que una parte significativa de los, hasta entonces, súbditos del Reino de España, protagonizaron contra las tropas francesas al mando de Napoleón. Habría que dilucidar acerca de la existencia de un “pueblo español” antes de tal acontecimiento rebelde. El dos de mayo sería el inicio de una larga y fatigosa Guerra de Independencia, según las tesis españolistas que ya renuncian a datar el nacimiento de su Invento Hispánico mucho más atrás (Protohistoria, Edad Media). Hay cierta coincidencia en la historiografía oficial a la hora de señalar que ese “Pueblo” español con mayúsculas se vuelve autoconsciente entonces y sólo entonces, y que una supuesta Nación Española, más allá de haber sido previamente un conjunto de reinos y etnias unificadas bajo una misma Corona desde el siglo XVI, era un sujeto colectivo que salía finalmente a la luz espoleado por la humillación de una invasión extranjera, con abusos galos bien documentaos y una usurpación también extranjera de la corona hispana. Entre los escritores nacionalistas españoles de importancia, como Miguel de Unamuno, la efeméride de 1808 representa el inicio de una regeneración, un revulsivo, acaso un preanuncio de ese otro trauma de 1898:

El Dos de Mayo es en todos sentidos la fecha simbólica de nuestra regeneración, y son hechos palpitantes de contenido, el que Martínez Marina, el teorizante de las Cortes de Cádiz, creyera resucitar nuestra antigua teoría de las Cortes mientras insuflaba en ella los principios de la Revolución Francesa, proyectando en el pasado el ideal del porvenir de entonces… a nombre de la libertad patria, libertad del 89”. [cit., en I. Fox, 1997: 117]

En este fragmento unamuniano se resume parte de la problemática que abordamos: 1808, y su puesta de largo de 1812, ¿es un corte operado sobre una cierta realidad hispana veteroliberal, fuerista, plurinacional y autonomista, en favor de una nueva entidad revolucionaria, o por el contrario el nuevo nacionalismo español que de aquí, de la francesada, surge, representa una continuidad respecto del proto-nacionalismo ya existente? Para nosotros, es evidente que España como Nación es un mito, una invención. Como tal invención, le es preciso proyectar hacia el pasado una serie de ilusiones y sentimientos de forma retrospectiva. Al hacer esto, los intelectuales españolistas quieren dar sustancia a lo que no constituye otra cosa que una mera forma. Pero, además, tal operación de búsqueda de un pedigrí, ya sea celtíbero, covadonguista, basado en la alianza matrimonial de los Reyes Católicos, o, finalmente, centrado en la francesada y en la Constitución Gaditana, esta operación, decimos, salta por encima de las naciones realmente existentes y pre-existentes al Reino de España. La Nación Asturiana, pueblo milenario y nación antiquísima, es solo una de las varias víctimas de este “salto” por encima de las naciones históricas y esenciales de la península ibérica. Pero quizás es la víctima más olvidada del nacionalismo español. Respetamos a todo aquel que se sienta y desee sentirse para siempre español. Toda realidad puramente formal o jurídica es susceptible de generar esos sentimientos. Nadie duda que España sea un Estado. De lo que podemos dudar con las armas de la critica histórica e ideológica es de la sustancia del españolismo o nacionalismo español, y más aún del excluyente, del que niega la realidad esencial de las naciones que actualmente lo integran, una integración que siempre es contingente, y que depende en exclusividad de la voluntad libremente expresada de los hijos de esa nación sin estado, de la voluntad soberana de alzarse como estado propio o como nación que escoge libremente la manera y el modo de asociarse con los demás estados, vecinos o preexistentes.

Ahora nos ceñimos a una tarea estrictamente teórica y, en principio, inevitablemente abstracta: dilucidar acerca de lo que podemos entender por Nación, y si de veras tal fecha de 1808 constituye de veras una efeméride a considerar como “Nacimiento de una Nación Española”, acontecimiento que habría de suponer subitáneo, una especie de espoleta de ese otro poco después rubricado como Constitución de 1812, dada en Cádiz y todavía en plena guerra contra el francés. Problema abstracto nos traemos entre manos, pues, pero con no pocas consecuencias políticas a día de hoy. Son los días presentes, a dos siglos de aquellos hechos, días en los que abundan posturas nacionalistas. Especialmente las de un nacionalismo español que, en gran medida reactivo ante los pujantes nacionalismos “periféricos” más fuertes (vasco, catalán, gallego…) busca y rebusca en la historia con el ánimo de dorar e ilustrar sus posiciones. Si bien el nacionalismo español hegemónico fue, en nuestro siglo, una ideología conservadora –cuando no reaccionaria- muy dada a remontarse al pasado imperial de España en la época de los Austrias, también existe un relato liberal de corte nacionalista español, donde tales acontecimientos del “Viejo Régimen” se difuminan como en una suerte de proto-historia de la Nación Española, y entonces el relato épico de la “liberación” iniciada en 1808 cobra una importancia mayúscula. Tal y como Álvarez Junco [2001] describe de manera magnífica en su obra Mater Dolorosa, datar en esa fecha los orígenes de la Nación Española en el sentido moderno del término Nación, no podía por menos de ser –en principio- un dato espléndidamente avalado en un sentido histórico-comparativo. Esa fecha, comienzos del siglo XIX, es la época del Romanticismo. Como es conocido de forma sobrada, las invasiones napoleónicas significaron el disparo que despertó de su sueño a la mayoría de las naciones europeas. También en Inglaterra, Alemania, Italia y en otros pueblos más al oriente, la conciencia nacional se agita de su largo y larvado sueño, y de una forma netamente popular, violenta o insurreccional, supone el comienzo del fin de los imperios y de las viejas lealtades.

Ninguna excepción fue este supuesto nacimiento, recalcamos que “moderno” de la Nación Española si se le entiende en el sentido convencional de la historiografía liberal, y que también hereda buena parte de la historia hecha desde la izquierda. La gesta de un pueblo que, en plena era romántica, lucha contra el invasor extranjero y frena su barbarie, cobrando de esa manera auténtica autoconciencia de ser algo más que una pléyade de súbditos y castas regidas por un mismo príncipe. Suena muy “romántico”. Y en efecto, tan romántico fue este nuevo relato sobre los Orígenes de la Nación Española como otros alternativos que en aquella misma época circularon. De este jaez, romántico y acrítico, fue el relato ubicado en un tiempo mucho más remoto, según el cual la Nación Española habría nacido con la derrota de la morisma a cargo de Don Pelayo. Un caudillo de los ástures fue convertido, por obra los exegetas románticos (que llegan hasta hoy de la mano de los Menéndez Pidal, Menéndez Pelayo y los Sánchez Albornoz), en un godo, y en “el primer rey de España”, vinculando así el Asturorum Regnum de forma harto fantástica, con el antiguo reino toledano de los visigodos. Aquel que, según las Crónicas, fue princeps de los ástures, y el iniciador, a lo sumo, del Reino Asturiano, pasa a convertirse en salvador y primer caudillo de una patria – una España- entonces inexistente.

En todo caso, el covadonguismo esto es, la ideología según la cual el Reino Asturiano y la revuelta de D. Pelayo y sus ástures en el siglo VIII fue el inicio de una Nación Española, no se extendió demasiado entre los autores españolistas más castellanófilos y ha sido más bien un mito eficaz a la hora de oscurecer la personalidad étnica y cultural del Reino Asturiano, después –en 1388- convertido en Principado. Los filólogos e historiadores nacionalistas españoles, encabezados por Menéndez Pidal, optaron por la singularidad germinal del minúsculo condado castellano, separado de la monarquía astur-leonesa y llamado a ser hegemónico en la península. Para ello, de forma pseudocientífica y racista, aludieron a un mayor “dinamismo” y “modernidad” de aquella Castilla primordial de base “germánica”, ausente presuntamente en el Reino Astur-Leonés. Como escribe Fox:

“No hay por qué insistir en el hecho de que el método positivista y la temática histórico-social, folclórica, y de psicología colectiva de Menéndez Pidal procede claramente del krausismo institucionista, tanto como la historiografía castellanófila a que ya hemos aludido. Concibe lo hispánico como una cultura unitaria cuyos principales elementos formativos son una Castilla innovadora y democrática que rompe con el feudalismo tradicional leonés. Fue Castilla, según él, la que ejerció la hegemonía decisiva en la (re)construcción de España. Asimismo existía un espíritu diferente entre los reinos peninsulares: un fondo ibérico en León y la mayor parte de Cataluña y Aragón, y un fondo cántabro-celtibérico en Castilla. Se destaca así la vitalidad renovadora castellana frente al tradicionalismo arcaico, romanizado, de León. Castilla se interpreta como la región más germanizada de la Península (interpretación en que insisten Costa, Ortega y Gasset, tanto como Menéndez Pidal y otros estudiosos del principio de siglo en la historia de España), menos romanizada, y pudo reunir a miembros de otras comunidades no romanizados: celtas, iberos, cántabros, godos”. [I. Fox: 104-105].

Con estas categorías étnicas tan poco rigurosas se construyó el nacionalismo español de fin de siglo XIX, muy próximo al romanticismo más irracionalista, y muy ajeno a la verdad etnológica de aquellos núcleos cristianos peninsulares, muy poco “españoles”, por cierto, en aquel lejano siglo VIII. El escaso siglo que a los krausistas, institucionistas, regeneracionistas y noventayochistas les separaba de la Guerra de la Independencia ante Napoleón, contexto en el que se ubica una Constitución liberal, la de 1812, y una refundación del estado español, no pareció muy atractivo a estos escritores y eruditos. Mayor pedigrí de “españolidad” seguía proporcionado la especulación sobre la sangre goda y las virtudes del Cid Campeador. A la castellanofilia exacerbada que se fue gestando a lo largo del siglo XIX hay que añadir un creciente racismo lingüístico. Toda lengua que se apartase del castellano fue tratada como dialecto. La naturaleza unitaria del Estado requería de una sola lengua oficial, y la exclusión de “dialectos” periféricos, a duras penas reconocidos y tolerados en el ámbito familiar y aldeano. Una Nación unitaria habría de contar con un nacimiento unitario, y si don Pelayo era en exceso periférico, no obstante su inventado origen godo –contra toda conjetura sensata en el sentido de haber sido proclamado princeps de los ástures- el castellano don Rodrigo Díaz de Vivar era un candidato mucho más adecuado para alzarse en ancestro del Pueblo Heroico alzado ante Napoleón.

Ciertamente, la elección de fechas fundacionales ha sido siempre una labor ideológica y de interés netamente político. Las circunstancias dialécticas del momento imponen una fecha u otra como la más conveniente. La Historia se hace así, y el españolismo más belicista y agresivo, siempre vinculado a sueños imperiales, no podía quedar rezagado. En el siglo XIX no faltaron momentos en los que África –mejor dicho, unos territorios del actual Marruecos- representaban la tumba para miles de soldados españoles, y el islam quedaba grabado en las conciencias cristianas como paradigma de la alteridad religiosa, haciendo así de la Reconquista un modelo de cruzada nacional contra el infiel. Nada pareció importar entonces que, a parte de Asturias, otros núcleos norteños también hubieran repelido a la morisma (ahora, en la España de las Autonomías, ese dato sí importa mucho más). De igual manera, cuando se inventa un “mito fundacional”, poco puede interesar al Poder promotor del mismo el pequeño “detalle” de que ese tal Pelayo quizá hubiera sido alguien inicialmente afín a los invasores, o que los ástures que lo secundaron, igual que sus aliados y hermanos cántabros, muy probablemente eran paganos en su mayor parte, en tanto en cuanto no recibieron el influjo de los refugiados cristianos que veían del sur. Pero si en lugar del mito covadonguista obcecado en la búsqueda de una cuna de la Nación Española, apelamos a otros, quizá no tan lejanos en el tiempo, pero igualmente muy queridos por la historiografía tradicionalista, a saber, el mito del Casorio de Isabel y Fernando, un mínimo conocimiento de los hechos arroja por tierra la labor “unificadora” de aquellos “Reyes Católicos”. La Corona de Aragón y la de Castilla conservaron largo tiempo su personalidad jurídico-política independiente, por no hablar de la anexionada Navarra. El azar y las maniobras de ciertos protagonistas del momento quisieron que las dos grandes Coronas, al menos, la castellana y la aragonesa, no se volvieran a desunir y seguir sendas independientes. Para más señas, la estructura interna de estas dos grandes Coronas era sumamente compleja y plural. Por razones históricas y enraizadas en el derecho medieval, los territorios se iban incorporando a una Corona sin perder por ello su autonomía legislativa, sus cámaras representativas e incluso su “pase foral” ante las decisiones regias. Este régimen que yo llamaría paleo-autonómico (para diferenciarlo del Estado de las Autonomías hoy vigente desde la promulgación de la constitución de 1978) o incluso “paleo-federal”, era una realidad en el Antiguo Régimen, y la tradición historiográfica liberal –muy centralista- ha tendido a oscurecerla. La supuesta nación que emerge, con ciertos tintes épicos y melodramáticos en 1808, para consagrarse legítimamente en 1812, era todavía a esas alturas, un conglomerado de territorios asimétricamente vinculadas a la Corona Española . Es cierto que los fueros de la Corona de Aragón habían sido suprimidos en 1712 tras la toma de postura de estos territorios por el partido austracista en la Guerra de Secesión. Una Corona, la Aragonesa, que había sido modelo de paleo-autonomismo hasta su unión con Castilla: el Principado Catalán, el Reino Aragonés propiamente dicho, el Reino de Valencia, y (en este caso con algún intervalo de independencia) el Reino de Mallorca. Suele recordarse que nuestra actual Constitución de 1978, a través de la Disposición Adicional Primera, reconoce los derechos históricos para las provincias vascas, y Navarra. Los fueros vascos fueron suprimidos definitivamente en 1876, tras sucesivos recortes efectuados desde Madrid, y después de las Guerras Carlistas. El fuerismo vasco-navarro, como es sabido, fue el acicate del movimiento carlista y la gran alternativa –beligerante- al modelo de Estado liberal español que supuestamente emanaría de la insurrección anti-napoleónica que hoy nos toca comentar. A pesar de ello, hay que aclarar de inmediato que el carlismo fue un reto y un proyecto para toda España o, como los carlistas hubieran preferido decir, para las Españas. Más allá de la defensa de unos fueros –entendidos unilateralmente como “privilegios”- o más allá de la consabida cuestión dinástica, el carlismo fue, en palabras del propio Karl Marx, el movimiento de raigambre popular de más trascendencia dentro de las rebeliones pre-industriales de Europa. Afectó más o menos a toda la mitad norte del Reino de España, y no sólo gozó de aceptación en las provincias euskaldunas (a partir de cuyo carlismo surgió el nacionalismo vasco como uno de sus derivados, con S. Arana, como es sabido) sino en otras zonas . Más allá de la pequeña nobleza y del clero, también contó con muchos seguidores entre el campesinado, los profesionales y artesanos de clase media, etc. Un nuevo modelo de estado, más descentralizado (el paleoautonomismo que fracasó en el siglo XIX y buena parte del XX), una alternativa al “progresismo” de corte jacobino, laicista y en el fondo importado, era la base de su ideología, no siempre y en todo aspecto de signo “reaccionario” como los historiadores liberales nos han querido decir. La estructura pre-liberal del Reino Castellano contaba con otras asambleas que, con una existencia más o menos lánguida, a causa de los sucesivos recortes sufridos con el auge del absolutismo a partir del siglo XVII, aún conservaban su plena autonomía soberana.

5. La Junta Asturiana. Entre las Juntas norteñas, la Junta General del Principado no contaba con menos atribuciones que sus homólogas vasco-navarras. Surgida, si no antes, en el mismo momento en que se creó la institución del Principado de Asturias, en una maniobra por parte del rey castellano don Juan de apoderarse de este dominio cuya nobleza era por entonces abiertamente separatista, la Junta General del Principado bien pudo haber sido la sucesora directa de la Asamblea o Concilio que el propio país ástur tuviera desde los tiempos en que fue reino independiente, o territorio autónomo dentro de la monarquía sucesora, la del reino de León, al extenderse más hacia el sur, hacia la Meseta, sus dominios y quedar trasladada la Corte Regia de Oviedo a León. Con todo, y especulaciones a parte, es a partir de 1388 el momento en que la Junta General aparece como “Constitución” del país ástur, en palabras de sus más insignes comentaristas (Xovellanos, Caveda y Nava), y “hermanamiento de todos los concejos del Principado” [J. Caveda y Nava, y otros, 1989 ; F. Tuero Bertrand, 1978] . La amplitud de sus competencias fue viéndose mermada, desde un periodo de esplendor en tiempo de los Reyes Católicos, con la creación de las Audiencias en tiempos borbónicos y otros cargos de cuño centralista. Merece que recordemos esta Institución asturiana, tan solo recuperada en el nombre, con la proclamación de la autonomía del Principado de Asturias en 1981, por su papel destacado en la insurrección de 1808 contra el invasor francés. De todas las Juntas “provinciales” o “revolucionarias” que se alzaron en el Reino de España para oponerse a los ejércitos y planes de Napoleón, a raíz de los acontecimientos de Madrid en el mes de mayo, consta que fue la Junta del Principado la primera en alzarse en armas y declarar la guerra. Para ello, y en aparente contradicción con su autoproclamado carácter “revolucionario”, hemos de recordar que dicha Junta asturiana era su institución tradicional y reclamó su más ancestral e inveterada soberanía en alusión a que, estando vacante el trono del Rey de España, por la usurpación tramada por el Emperador, la soberanía absoluta de Asturias recaía, en tales graves circunstancias, en el órgano representativo tradicional de ese país. En tal sentido, la Junta –al mismo tiempo revolucionaria y tradicional- envió embajadores a Inglaterra, declara a Napoleón la guerra –en calidad de soberana- y sin contar con los insurrectos de Madrid o de ninguna otra parte y envía agentes a las provincias cercanas para instigar en ellas la rebelión, creándose de inmediato un ejército a expensas de la propia Junta.

En palabras de Don Miguel de la Villa, uno de los historiadores de la Junta General del Principado, escritas éstas en 1909:

“Apenas se supo en Oviedo en 9 de Mayo los sangrientos sucesos del día 2, ocurridos en Madrid, cuando la Junta reunida en aquella ocasión en la Sala Capitular de la Catedral, oyendo el grito de entusiasmo de la ciudad entera, declara la guerra á Napoleón, por sí misma, y envía Embajadores á Inglaterra, firma la paz con aquella potencia y negocia un tratado de alianza entre el Reino unido y el Principado asturiano. Decreta en uso de su soberanía el levantamiento de un ejército, que en breve sale á campaña, no sin que antes envíe la Junta individuos de su seno á sublevar las provincias colindantes, auxiliándolas con armas y dinero.

Ocurren los sucesos del día 25 y el 28, ratifícanse los acuerdos tomados, se nombraron un Capitán general y varios tenientes generales y gobernadores militares, Ministros de Hacienda, Gracia y Justicia, Estado y Guerra, y durante algún tiempo fue Asturias completamente independiente del resto de España [énfasis nuestro], pero lejos de ser funesta a la Patria española, la fué tan útil, que de allí de donde ya había salido triunfante la libertad en la reconquista de la España visigoda, del mismo lugar salió el grito que levantó á los nacionales, salvándoles del poder de Napoleón”. [ J. Caveda y Nava y otros, 1989: 115].

Muchos de los que combatieron al francés lo hicieron en nombre de ciertos ideales liberales, en gran medida importados de la oleada revolucionaria que surgió en 1789. Pero no es menos cierto que muchos otros lo hicieron en nombre de una Tradición. Y esta Tradición no era de signo exclusivamente reaccionario, teocrático, absolutista, sino la tradición específicamente hispana –o ibérica- que arranca de la Alta Edad Media y que hasta su decadencia bajo los Austrias reivindica para los reinos hispanos una “Constitución Histórica” (Xovellanos), con sus propios fueros y libertades, como se deja ver en las provincias norteñas (Asturias, Navarra, Vascongadas) o en el espíritu liberal avant la lettre de los Comuneros de Castilla. La conducta de la Junta General del Principado en 1808 es muy significativa al respecto: una Revolución antinapeoleónica en nombre de una ancestral tradición “constitucional” y una vieja legitimidad histórica.

6. Nacionalismo. Hobsbawn nos recuerda que el nacionalismo, tal y como hoy lo entendemos, es un fenómeno histórico bien reciente, del mismo modo que es reciente la acepción moderna de la palabra “Nación”. Como término, “Nación” significa hoy, aproximadamente, una comunidad humana más o menos homogénea en lo lingüístico y en lo etnológico que, asentada sobre un territorio igualmente definido en sus límites y regida por autoridad única y común. Es decir, en los últimos cien años, la correlación entre Nación y Estado es muy sólida, y en aquellos casos en los que la Nación carecía de Estado, bien por encontrase sumergida en un Estado más grande, o bien por sufrir un reparto en dos o más unidades estatales ajenas, el Nacionalismo de la última centuria representa siempre una aspiración a formar un Estado coincidente con la Nacionalidad. Pues bien, en los diccionarios de las distintas lenguas europeas, incluyendo el de la RAE, sólo observamos este sentido marcadamente político (el de una vocación estatal para toda Nación que no hubiera alcanzado dicho status) a partir de 1890, y muy especialmente hasta bien entrado el siglo XX [E. Hobsbawm, 1991: 24] . Antes, “Nación” en diversas lenguas significaba simplemente “lugar de procedencia”, “origen” de una persona o colectividad, con abstracción hecha de la entidad estatal en la que esa persona o colectivo se encontrase. Refiriéndonos al caso de España, no cabe la menor duda de que el gentilicio “españoles” es muy anterior a la insurrección de 1808 en la que “el pueblo”, más que un “Reino de España” por cierto usurpado, cobra conciencia de sí ante un ejército extranjero de ocupación. Por otro lado, no es menos cierto que un Estado correspondiente a ese Reino de España que acababa de ser dañado en su soberanía a ojos vista, e incorporado a los planes imperiales de Napoleón, había sido uno de los primeros Estados de corte imperialista y con vocación centralizadora, de la Europa Moderna. La tendencia imperial-colonialista (expansiva) y centralizadora (en los terrenos etnolingüístico y administrativo) de la Monarquía Hispana fue de todo punto pionera y, después, homóloga a la de los otros reinos absolutos de la Europa Moderna (Inglaterra, Francia). En la fecha en que un “pueblo” más que un “Reino”, habitante en los territorios hispanos, se levanta ante el francés en 1808, ya existían cinco siglos (no todos ellos muy brillantes) de sólo desde arriba, por vía regia (acumulación de territorios bajo una misma cabeza coronada). Algunas instituciones, como la Inquisición o la Santa Hermandad, fueron de un carácter inequívocamente centralizador, y su radio de acción sobrevolaba las antiguas franquicias y libertades que los diversos reinos hispanos medievales habían heredado. Esto aconteció desde finales del siglo XV, pero con todo las tendencias absolutistas y centralizadoras de los austriacos y los validos fueron más en la línea de la política real, de la política ejecutiva de los hechos consumados, aun cuando se respetaran las antiguas formas de origen medieval, que recordaban sin cesar la plurinacionalidad de la Monarquía Hispana. La hegemonía demográfica y económica del Reino Castellano fue la materia sobre la que los reyes Habsburgo asentaron una política cada vez más castellanocéntrica, en cuanto al uso de su idioma como lingua franca y oficial. El otro plano de análisis es el normativo-jurídico, en el cual el arquetipo de las nuevas normas fundamentales del Reino se asentó sobre el castellano y sobre el de las otras coronas. Con todo, la decidida reforma institucional en un sentido absolutista y centralizador, a imitación del modelo francés, aconteció con el cambio dinástico y alcanzó su punto culminante justo en el momento en que los ejércitos de Napoleón fueron expulsados de la península y las oleadas de liberalismo europeo llegaron a ella.

El comienzo para la refundación de una España como Nación moderna en el sentido liberal, fue, al decir de Álvarez Junco de lo más prometedor [J. Álvarez Junco, 2001]. Un “pueblo”, tras el madrileño, todos los otros pueblos y naciones del usurpado Reino de España, un colectivo plural que reaccionó de forma unida y solidaria ante la humillación extranjera: asturianos, aragoneses, castellanos, catalanes… Todos se sintieron pisoteados en algo “muy suyo”, no obstante los cinco siglos previos de existencia plurinacional y simultánea de un centralismo creciente y, en ocasiones, aplastante para con las diferencias. Un comienzo así haría las delicias del jacobino-liberal en su relato de una “refundación de España”. Y de hecho se intentó una refundación con la Constitución Gaditana de 1812, si bien los tintes jacobino-revolucionarios de origen francés fueron muy rebajados desde el principio. Algunos prohombres de la época, por ejemplo Xovellanos, siempre habían optado por la versión más moderada, pre-revolucionaria, del liberalismo inglés: mejor Locke que Robespierre. En aquel entonces, la Monarquía Parlamentaria británica podría ser vista como buen arquetipo de plurinacionalidad unificada bajo una sola Corona, activamente comprometida con la defensa de la religión así como con las tradiciones y usos locales de sus súbditos. Con todo, el suelo hispano no parece haber sido muy proclive al moderantismo que el insigne ilustrado asturiano profesaba.

Ese violento renacer de una nación española, bien definida ante fuerzas invasoras, que auguraba un prometedor proceso de homogeneización y unidad, habida cuenta que los pueblos hermanos suelen fundirse más ante enemigos externos, fue un completo fracaso. Tras la expulsión del francés, el Reino de España careció de amenazas extranjeras significativas hasta la guerra contra los Estados Unidos que dio en fracaso estrepitoso de 1898. Las aventuras coloniales, pese a lo sangrientas que resultaron y lo frustrantes que acabaron siendo a la larga, no fueron sino empresas artificialmente buscadas para saciar un ansia psicológica de “primacía” externa de esa modesta potencia europea de segundo orden que era el Reino de España. La auténtica faz de una nación fracasada, al menos desde las ópticas liberal y jacobina de un estado centralizado y moderno, la ofrece el estado casi permanente de guerra civil de todo el siglo XIX. Las guerras carlistas son contiendas civiles específicamente hispanas, que si bien pueden parangonarse hasta cierto punto con otros movimientos campesinos o tradicionalistas europeos, ponen de manifiesto lo complicado que fue en este Reino conciliar al pueblo en torno a un proyecto compartido por la mayoría. Los liberales, siguiendo aquí el análisis de Álvarez Junco, no se quedaron cortos en “extremismo” a la hora de suprimir tradiciones y derechos en aras de un nuevo Estado de corte claramente centralista y con tendencias laicas. Por otra parte, las sucesivas medidas administrativas, desamortizadoras, “nacionalizadoras”, solo satisfacían a una parte de la sociedad, generalmente la nobleza cercana a la monarquía y a una burguesía beneficiada por la cercanía polí

tica a ella y a los poderosos, que daría pie al sistema conocido como caciquismo. La pequeña nobleza rural, y el campesinado “libre” de las regiones norteñas no podían simpatizar con estos nuevos ricos que, dándoselas de modernizadores, se permitían el lujo de atentar contra la Iglesia y las más inveteradas tradiciones. En cierto modo, los acontecimientos de 1808 preludiaron todo el siglo XIX hasta el desastre de Cuba de 1898: guerra intestina en una Nación incapaz de asentarse como tal en el concierto de las demás naciones-estado europeas “burguesas”. Salvando el dato de la invasión extranjera, ante la que una pluralidad de pueblos “despierta” simultáneamente una conciencia (pero no una conciencia nacional clara y unitaria) muchos otros elementos de nuestra efeméride parecen preludiar lo que fue el siglo XIX, y buena parte del XX: una guerra civil permanente, una lucha fratricida. En efecto, la guerra al francés fue en aquel año la guerra al español que había sido amigo del francés. El afrancesado, más allá de la tradicional etiqueta de “traidor”, en el sentido estricto de colaborador con el enemigo, era el personaje portador de ideas nuevas que al calor de la Revolución de 1789, pretendía modernizar un Reino que, en los más diversos órdenes, permanecía atrasado y aislado. La crueldad de un supuesto “pueblo espontáneo” se cebó sobre este tipo de persona que no era necesariamente un colaboracionista en el sentido político-militar, sino un intelectual con afán modernizador. La llamada a la rebelión de 1808, como otras insurrecciones de la historia, no pudo ser tan espontánea como se dijo, y la prédica desde los púlpitos y el discurso incendiario de los sectores más ultramontanos de la Iglesia tuvo mucho que ver con ello. ¿Fue este año el del nacimiento de un “pueblo” español? El análisis de las proclamas puede revelar que muchos salieron a matar franceses por afán de salvar la Tradición, vale decir, la Fe Católica, amenazada por un extranjero impío. El designador exacto del insurrecto español de 1808 fue el de “Católico”, antes que “Español”. Lo mismo, como leemos en Mater Dolorosa, cabe decir de la defensa de la verdadera Monarquía Hispana. Quienes se enfrentaron entonces al Emperador lo hacían en nombre del Rey, de una Monarquía Católica como la española que debía seguir existiendo como garante de la verdadera Fe. Dicho de otro modo, todavía en el alzamiento de 1808, y se puede decir que en todo el siglo XIX, lo que obraba como motivo impulsor y afán restaurador de los insurrectos y guerrilleros españoles fue el Altar y el Trono, y no una supuesta Nación Española que, más tarde, sólo después de 1812 y tras la férula de los políticos liberales, trataría de impulsarse como idea.

La persecución de los afrancesados, la existencia de un clero ultramontano e incluso feroz, la fuerte identificación de las masas activas con respecto a la Monarquía, todavía investida con atributos casi medievales de Defensora del Credo (Tridentino), y la Iglesia, fueron hechos que se manifestaron en la fecha que conmemoramos. Y lo que parecía ser un comienzo ideal para un estado-nación “canónico” en el sentido burgués y colonialista, el sentido del siglo XIX, fueron en el Reino de España, precisamente, el obstáculo objetivo para la viabilidad de ese sentido nacional coincidente con un estado-canónico como el francés o el inglés. También éstos partían de una situación poli-nacional. E. J. Hobsbawn [1991] nos recuerda como en la antesala de la revolución de 1789, sólo el 50 por 100 de los franceses hablaban el idioma que luego fue único y oficial. Por su parte, en el Reino Unido, tras una larga política de asimilación de los países célticos anexionados a Inglaterra, aún se daba un importante bilingüismo (lenguas gaélicas/inglés) o monolingüismo en lenguas gaélicas, en ellos, y las diferencias étnicas y religiosas de los países célticos antaño soberanos (Irlanda, Escocia, Gales). El jacobinismo francés, es decir, el modelo de ciudadanía homogénea para un estado-nación postrevolucionario, no tuvo nada que ver con el caso británico, más asemejado a la tradición hispana del Antiguo Régimen: una nación (Castilla aquí, Inglaterra allá) impone su hegemonía lingüística, económica, política, militar a las demás naciones, que se marginan por diversos medios, pero a las que se sigue reconociendo como “naciones de propio derecho” aunque integradas en una Corona única. De ahí que se conservaran en el Reino de España las Juntas norteñas hasta bien entrado el siglo XIX: la Junta General del Principado no se disolvió hasta 1835, en el apogeo de la ideología liberal en la Corte madrileña. Las juntas vascas y navarras duraron más tiempo, en relación con las guerras carlistas. El modelo del Antiguo Régimen español también presenta parentescos con los de otras monarquías plurinacionales, como fue el Imperio Austro-Húngaro, que persistió hasta el fin de la I Guerra Mundial. En esta monarquía, la hegemonía cultural y política germanófona de los austriacos es muy matizable ante el número ingente de nacionalidades integrantes de aquel estado, mucho más dispares entre sí en los aspectos étnicos, religiosos, idiomáticos. Tales estados monárquicos plurinacionales, aunque siempre cuenten con una nacionalidad hegemónica, suelen reconocer un principio de co-gobierno, o de representación popular local, provincial o regional históricamente legitimida y sancionada por los monarcas. En el Reino español, el liberalismo jacobino de origen francés triunfó sobre el liberalismo británico, Robespierre sobre Locke, y con ello hubieron de naufragar para siempre instituciones y fueros tradicionales que, correctamente interpretados, podrían representar la propia tradición liberal de los Reinos y nacionalidades de España.

7. Internacionalismo y cuestión nacional. Demasiadas veces suele darse por sentado, en determinados círculos, que la lucha de las pequeñas naciones por su emancipación, autogobierno o autodeterminación, es de todo punto incompatible con la causa obrera universal, esto es, la lucha internacionalista del proletariado que “no tiene patria” y cuyo único enemigo, igualmente internacional, es el Capital. Así, mediante esta contraposición, el nacionalismo habría de ser entendido negativamente entre las fuerzas de la izquierda revolucionaria, pues supone una “vuelta a la tribu” y una pésima disgregación del proletariado a escala mundial. Según el mismo razonamiento, la Burguesía Mundial deberá estar frotándose las manos cada vez que en una pequeña nación sojuzgada las fuerzas de la izquierda realmente revolucionarias gastan sus energías en conseguir ese mayor autogobierno, esa emancipación respecto de una situación colonial, o ese reconocimiento de la autodeterminación que eventualmente habría de conducirles a la independencia. La Burguesía Mundial se encontraría más unida que nunca en sus intereses comunes, pese a la competencia que siempre ha de darse entre capitalistas, al toparse con regiones del planeta en las que el ejército obrero que ha de plantarle batalla se dispersa en luchas “culturales” en favor de lenguas amenazadas o soberanías de juguete en medio de un mundo cada vez más globalizado por el capitalismo, etc.

Trataré de argumentar que este tipo de razonamientos se basa en una oposición falsa hasta la médula, el supuesto antagonismo entre lucha obrera Internacionalista y la lucha nacional por la emancipación. En los textos de Vladimir I. Lenin creo que pueden encontrarse abundantes referencias a favor de la autodeterminación de las naciones pequeñas y sojuzgadas como causa común a la que debe unirse el proletariado mundial. Lenin supo ver que existían nacionalismos reaccionarios, promovidos por la clerigalla, la nobleza rural y la burguesía nostálgica de antiguas servidumbres, pero que también se daban en el mundo nacionalismos de claro signo avanzado, que harían correr más deprisa el reloj de la historia y cuya causa era la misma causa de la clase proletaria en la medida en que se ataca el poder burgués en ciertos eslabones débiles de su cadena opresora. No soy un experto exegeta de Lenin, pero esta distinción o relativización de los nacionalismos en el corpus leninista me parece incuestionable. También los llamados “austromarxistas” supieron hacer interesantes aportaciones sobre el problema nacional, el derecho de las pequeñas naciones a su existencia y autodeterminación siempre en conexión con el fin universal de todo el proletariado mundial y el propósito internacionalista de sus luchas, como dos aspectos a aunar y en modo alguno incompatibles. Los parangones que se pueden hacer entre aquel Imperio Austro-Húngaro agonizante y el muy residual Reino de España (antes Imperio), en orden a su carácter plurinacional y plurilingüístico, hacen que estos autores de la tradición marxista cobren protagonismo en este Estado en el que vivimos, al que, pese a ciertos progresos dados en los últimos 30 años, puede seguir llamándosele “cárcel de pueblos” y “tumba de lenguas”.

De modo que niego la mayor que suele mostrárseme en algunos debates en torno a la compatibilidad que se da entre marxismo y nacionalismo, cuando el público se entera de que estoy trabajando, en el ámbito de la Nación Asturiana, en pro de un Marxismo Nacionalista Asturiano. La premisa de la que parto es la de que el Internacionalismo proletario, el hacer causa común de los intereses obreros (y campesinos) en todo el Mundo incluye de manera necesaria el apoyo decidido a todos aquellos movimientos nacionalistas o patrióticos que luchen en contra de su situación colectiva de opresión o colonización. Se hará entonces muy necesaria la nítida distinción entre un nacionalismo burgués y oportunista que busque para sí un status privilegiado dentro de superestructuras más amplias, y el nacionalismo de izquierda surgido dentro de la misma clase obrera y campesina de un pueblo que padece una doble opresión: 1) la opresión genérica en su condición de pueblo trabajador explotado y sometido a la burguesía, y 2) la opresión específica que viene a intensificar la anterior, que es la opresión de una nación pequeña a la que se le ha arrebatado la soberanía y el autogobierno, a la que se le niega el derecho de autodeterminación, con el fin de emplear ese territorio como colonia extractiva o como reserva de subproletarios en provecho de un Estado imperialista.

Yo soy de los que piensan que -en términos generales- es en las naciones pequeñas independientes donde suele respirarse un mayor ambiente de libertad. Es en los países de tamaño pequeño, y libres, donde el pueblo puede lograr una mayor participación en instituciones verdaderamente democráticas y donde es factible velar por los propios intereses, sin estar sometidos a los dictados del Capital, pudiendo construir con mayor margen de maniobra su propia vía al socialismo. Además, cada pueblo, cada cultura, cada lengua, equivale a un tesoro en sí mismo, como ya hemos aprendido a apreciar con respecto a las especies vivientes, los ecosistemas y demás productos de la naturaleza o la historia. Conservar un mundo pluralista siempre será una muralla de contención ante las pretensiones imperialistas del Capital, cuyo sistema de Producción involucra la otra faz del mismo, el sistema de Consumo, que conduce irremisible a la homogeneización. La ausencia de un Bloque Comunista que haga de muralla de contención ante el Imperialismo Capitalista, desde 1990 aproximadamente, ha puesto de relieve en el planeta que las verdaderas islas de libertad y resistencia al Capitalismo imperial militarizado que lideran los E.E.U.U. existen en aquellos países que han construido su propio sistema político, cultural y económico al margen de la planificación imperialista de este coloso del capitalismo y de sus instituciones aliadas (U.E., F.M.I., O.M.C., B.M, etc.).

Para ceñirnos al caso que nos afecta de manera más próxima, el Reino de España o Estado Español, podemos comprobar, al menos desde el análisis que hacemos, es decir, el análisis de un marxista y de un nacionalista asturiano, que ese ente llamado “España” ha ido fracasando sucesivamente en sus diversas reconversiones oportunistas acordes con el soplo de los vientos de la historia europea y mundial. Su origen es el propio de un “Imperio”, en el sentido medieval tardío y en el sentido del Antiguo Régimen. España se constituyó como una acumulación de reinos bajo una misma cabeza coronada, reinos que si por un lado se consideraban privativos o patrimoniales de un individuo soberano, o de la Estirpe regia, al mismo tiempo conservaban plenamente sus múltiples cámaras de representación legislativa. Como es sabido, en diversos momentos de la edad moderna, entre el casorio de Isabel y Fernando, y la actualidad, la Corona fue suprimiendo las instituciones tradicionales de los diversos reinos “hispánicos” o, más bien “ibéricos” (ya que Portugal se escapa definitivamente del yugo de pueblos ibérico en el siglo XVII).

La fórmula de conservar instituciones representativas con soberanía legislativa e incluso pase foral, fue conveniente a una Monarquía que pedía de sus súbditos, que eran de lo más heterogéneo, apenas algo más que aportación de hombres para la guerra y extracción de sus excedentes por medio de la recaudación de tributos. El resto de cuestiones concernientes a la “fidelidad” de los diversos territorios a la Corona solían quedar las más de las veces en un plano protocolario y simbólico. La Casa de Austria fue implacable en el exterminio de la soberanía de las Comunidades Castellanas, a comienzos del s. XVI, y cuando el descontento se trasladó a otros países ibéricos, ya en el s. XVII, también lo fue con los intentos separatistas dados en Cataluña y Andalucía. La especificidad jurídico-legislativa (fueros) de la Corona de Aragón, que a su vez era una Corona confederal tal y como había emergido en la edad media, se suprime a comienzos del siglo XVIII. Cuando entramos en el siglo XIX, y tras el impacto terrible de las invasiones napoleónicas, en el antiguo Reino de España se vive en un marco institucional muy centralizado en comparación con su historia y tradición. Un centralismo que los Borbones habían impuesto y conseguido de manera muy formal e impostada, pues nunca estos reyes lograron la tan ansiada uniformidad lingüística y étnica que tantos éxitos cosechara esta misma dinastía en Francia.

Así pues, bien entrado el XIX, en el Reino de España sólo quedan tres países autogobernados, con instituciones que emergieron en la edad media, y que en su funcionamiento y existencia en modo alguno habían chocado con los objetivos de la Corona. Asturies, País Vasco y Navarra. Como se sabe, la extinción de la Junta General del Principado se da por hecha en 1835, después de un funcionamiento ininterrumpido que algunos remontan al antiguo Reino de Asturies -en el siglo VIII- y otros se limitan a datarlo en tiempos de la creación del Principado a cargo del rey don Juan de Castilla en 1388. Tenía esta Junta el carácter de Hermandad de todos los conceyos del País y unas competencias de autogobierno muy amplias, con unas Ordenanzas de evidente naturaleza legislativa, no siempre aprobadas por el rey, dada su amplitud y detalle. El Principado se autogobernó, de hecho, como un País independiente en la práctica desde la baja edad media por lo menos hasta el advenimiento de los Borbones. La política introducida por esta Casa, calcada del absolutismo centralista de Francia, fue mermando lentamente la autonomía de la Junta Asturiana, por medio de la institución de cargos de designación real y por la introducción de la Real Audiencia, política que venía a interferir en la autonomía de esta verdadera asamblea nacional de los Asturianos, la Junta, unas verdaderas Cortes del País, su “constitución histórica”, tal y como la denominaron sus tratadistas (Xovellanos, Caveda y Nava). La Junta tenía un carácter inicialmente muy democrático y los mecanismos de representación, si bien deben contextualizarse en la sociología del Antiguo Régimen europeo, se habían adelantado notablemente a las formas representativas más avanzadas del mundo, como las de Francia. La Junta, si bien contaba con escasos recursos financieros, ejerció un importante papel en la protección de los intereses asturianos ante las intromisiones realistas o absolutistas. Por ejemplo, la invocación de la “Hidalguía Universal” en los conceyos asturianos mostraba su funcionalidad expresa de evitar el desangrado de mozos que el Ejército Español ocasionaba en el campo asturiano con sus levas y quintas. Sin embargo, tras recortar y hacer superfluas sus competencias por medio de una administración paralela centralista, fue la falta de vinculación de esta Junta con el carlismo, vínculo que sí existió en el caso del fuerismo vasco-navarro, lo que hizo que la Junta Asturiana fuera disuelta sin la oposición militar que el carlismo presentó en Euskal-Herria al hacer suya la defensa de los Fueros. Tras haber sido la Asturiana la primera Junta en declarar la guerra a Napoleón -una vez conocidos los sucesos madrileños del 2 y 3 de mayo- y haber reclamado para sí (casi al final de sus días) la antigua soberanía legítima que le correspondía, estando el Trono de España usurpado y vacío, la institución tradicional de los asturianos pacta alianza con Inglaterra e insta a las provincias vecinas a la sublevación contra el invasor. Este comportamiento, el propio de un Estado independiente que recupera su soberanía, eso sí, no para darle la espalda a los demás pueblos ibéricos separándose de ellos, sino para unirse fraternalmente contra un peligro común como era Napoleón, será el precedente más importante de otras dos proclamaciones soberanas, estas ya en pleno siglo XX, alzándose Asturies como estado soberano y socialista en su lucha contra el Fascismo: 1934 y 1936-37.

Fue el Octubre Asturiano de 1934, posiblemente, una de las revoluciones obreras más significativas de la historia de Occidente, tras la Revolución Rusa de 1917. En ella, el pueblo trabajador asturiano consigue una unidad de acción desconocida en otros países y en otras experiencias revolucionarias, por encima de las diferencias ideológicas: anarquistas, socialistas, comunistas luchando juntos como hermanos, codo a codo. Por medio de la táctica leninista de la conquista del Poder a través de una vanguardia obrera y campesina, en poco tiempo el ejército revolucionario asturiano se hace con el control del País y reduce las fuerzas represivas y militares al servicio de una República Española dirigida por el fascismo. Hizo falta la intervención de unas tropas afro-españolas, una verdadera invasión por medio de tropas profesionales y avezadas en la guerra, para derrotar a un pueblo trabajador en armas, una nación que había tomado el Poder e iniciado la gestión del País bajo principios comunistas. Lo mismo hubo de acontecer en el transcurso de la llamada Guerra Civil, que en Asturies duró de 1936 a 1937 oficialmente, pero que había tenido su inicio ya en 1934, incluyendo los años de represión feroz que siguieron a esta experiencia revolucionaria. La Creación de una República Asturiana Obrera y Campesina, de un Consejo Soberano de Asturies (y León), con Belarmino Tomás como presidente, son hechos que hablan y apuntan muy alto en ese intento de lograr una Asturies independiente, desmarcada del fascismo importado del Sur, ajeno a las estructuras españolas, y con una conciencia de clase especialmente agudizada entre sus trabajadores, que por aquella se situaban en la vanguardia revolucionaria de la península y de Europa.

Es falsa en general la dicotomía entre Internacionalismo y Emancipación Nacional. Es falsa sobre todo si la aplicamos al caso asturiano. Es este un caso en el que la bandera de un verdadero nacionalismo (y no un regionalismo más o menos folclórico) ha sido sostenida mayoritariamente por obreros y campesinos del País. Y siempre se ha sostenido partiendo de una conciencia de diferenciación étnica que, precisamente por haber sido vivida con tan acusada naturalidad, no ha sido suficientemente aireada en la historia de aquellas ocasiones memorables en las que el pueblo ástur se alzó contra un enemigo externo, el francés en 1809, y el fascismo español en 1934 y 1936-37. Resulta especialmente importante el recuerdo de los hechos revolucionarios y huelguísticos de todo el siglo XX por diversos motivos:

1) En este siglo XX, y ya desde el último tercio del XIX, existe una clase proletaria asturiana organizada y muy activa, con conciencia revolucionaria que sabe que su lucha laboral y/o revolucionaria contra el Capital es una lucha contra una burguesía forastera que los explota, o un Estado español que en su calidad de capitalista principal en las empresas (mineras, siderúrgicas, etc.) los explota en su calidad de “indígenas” de una Colonia de la que este Estado dispone libremente para la extracción de materias primas.

2) La represión ejercida tras la derrota sobre los revolucionarios de 1934 y toda la ejercida tras la ocupación afro-española desde 1937 (hasta hoy) no ha sido simplemente una represión sobre una “provincia” considerada por Franco y los fascistas como especialmente “roja” y peligrosa para el proyecto reaccionario que abrazaban, sino que ha tomado muchos visos propios de una verdadera venganza y etnocidio, al actuar sobre el País por medio de la militarización del trabajo a destajo de los mineros, ocupación militar de los montes y campos para exterminar el ejército guerrillero asturiano (que se mantuvo activo hasta el inicio de la década de 1960) con gran apoyo de la población civil pese al terrorismo de estado. Ese país, convertido en “provincia” por los fascistas, no cesó en su organización de huelgas generales en las cuencas mineras incluso en la década de mayor militarización del trabajo obrero durante la posguerra (década de 1940, con rebrotes insurreccionales en las siguientes décadas: 1950, 1960, 1970…) y en la caza de tricornios que pretendían atemorizar al país.

3) Represión de todas las manifestaciones de identidad étnica, lingüística, que fueron patrimonio especial de la clase obrera y campesina asturiana, y que empezaron a ser abandonadas por las elites burguesas asturianas colaboradoras con el franquismo. Esta represión prosigue hasta el día de hoy, en plena Monarquía Borbónica Restaurada (precisamente restaurada por el General Franco), siendo Asturies el único caso de comunidad autónoma del Estado Español dotada de lengua propia ampliamente hablada y conocida por sus naturales , cuyo uso sigue siendo perseguido, los derechos de sus hablantes pisoteados, y la oficialidad sigue siendo bloqueada por la “apisonadora” de los tres grandes partidos españolistas que cuentan con sucursal en Asturies: PSOE, PP, IU.

Desde la creación de un proletariado asturiano en el siglo XIX, y durante todo el XX, la bandera internacionalista ha sido alzada en todas y cada una de sus luchas. Cuando los obreros y campesinos se unieron en contra de los patrones, y de sus esbirros armados, ejército, morisma, guardia civil, etc., lo hicieron siempre con el objetivo de alcanzar una emancipación del proletariado universal. En los enfrentamientos armados más crudos del siglo XX, tanto si su ideología era socialista, marxista-leninista o comunista libertaria, ellos sabían que la creación de una Asturies libre, ajena a los vientos fascistas, clericales y militaristas que venían de España, era uno de los pasos para implantar un sistema mundial de trabajadores libremente asociados, en donde la producción no estuviera al servicio de unos pocos bolsillos explotadores, en donde la explotación misma desapareciera de la faz de la tierra y los beneficios humanos resultantes fueran a parar a manos de la propia comunidad productiva. El recuerdo de las Comunas asturianas de 1934 y 1936-37 no significa en ningún momento el intento de reivindicar de una forma chovinista un “alocado” intento de implantar el comunismo en un pequeño rincón de Europa, como quisieron enseñar los intelectuales del PSOE y PCE, una especie de “aventura” ingenua al margen de la izquierda española o mundial. La Comuna Asturiana fue más bien el intento de encender una llama revolucionaria que iluminara el mundo entero, y que debía haber prendido en muchos otros lugares de la República Española, y después, del mundo occidental. Fue el abandono y la traición de la izquierda españolista, no asturiana, lo que impidió que esta Comuna Asturiana sobreviviese más tiempo y sirviera de detonante para que otras Comunas florecieran y así se pusiera freno definitivo al fascismo, al fascismo de Franco que triunfó en el Estado en 1939, y al que dio lugar a la Guerra Mundial en ese mismo año.

La historiografía prevaleciente en la izquierda española, y dentro de ella, en la izquierda “oficial” asturiana, españolista, ha diseminado una imagen distorsionada de estas experiencias revolucionarias de mi país, y ha profundizado en la falsa dicotomía entre Internacionalismo y Marxismo.

Un día, volvamos a repetirlo, el revisionista líder del PCE, Santiago Carrillo, posó suelo en la “España de la Transición” y lo hizo envuelto en la bandera rojigualda, la bandera del bando de los vencedores fascistas. Carrillo se abrazó entonces a esa idea imperial y centralista de España con su “legalizado” y por tanto flamante eurocomunismo (en rigor el PCE era ya entonces un partido socialdemócrata desde hacia muchos años). Los comunistas españoles, a partir de entonces, no tuvieron empacho alguno en ridiculizar la lengua nacional de los asturianos (llamada entonces “el bable”) y en ocultar el hecho -imposible de ocultar sin mutilar la verdad- según el cual la Comuna Asturiana fue realmente un Estado Socialista Independiente en 1934 y en 1936-37. En aras de su famosa “reconciliación nacional” Carrillo y sus sucesores del PCE (después, IU, que en Asturies tenía uno de sus bastiones) hizo todo cuanto estuvo en su mano para participar en las cuotas de poder que la democracia formal burguesa recién estrenada le podía conceder, y ello a cambio de concertar con socialistas y conservadores un frente común centralista, que bloqueara todo intento por despertar afanes secesionistas o, simplemente, soberanistas, en otros países del Estado a parte de los tres pactados como cupo cerrado en principio (Euskadi, Catalunya, Galiza). Dada la tradición tan fuerte que existía en Asturies en lo referente a lucha obrera y conciencia de clase, además de la marcada personalidad étnica del País, el PCE y el resto de la izquierda oficial (incluidos los sindicatos mayoritarios), hicieron cuanto estuvo en sus manos por disociar la lucha obrera y la reivindicación nacional y lingüística. La lucha obrera se recondujo, como es habitual, al mero capítulo de lucha sindical “economicista” (defensa de los puestos de trabajo, revisión salarial, etc.), rompiendo en la medida en que pudieron con el “efecto Fuenteovejuna”, es decir, rompiendo la enorme solidaridad interclasista asturiana que solía acompañar a las huelgas asturianas de los trabajadores. Al desatar una feroz reconversión, prolongada en el tiempo (desde inicios de la década de 1980 hasta hoy…) y enormemente traumática, la izquierda oficial española y españolista ha perseguido el propósito nunca confesado de quitarse a “la Asturies Roja y Dinamitera” del medio. Las luchas de los obreros y campesinos asturianos durante todos los 80 y 90 del pasado siglo fueron silenciadas en los medios de información de alcance estatal. Al tiempo que barrios y ciudades enteras seguían en pie de guerra, con barricadas y murallas de neumáticos ardiendo para frenar el paso a las fuerzas represivas, las grandes cadenas de televisión, radio y prensa de ámbito estatal se negaban a informar sobre la “reconversión” que manu militari se estaba realizando en contra de Asturies. Una enérgica y machacona campaña de edulcoración de la realidad ástur fue la que se llevó desde entonces a cabo. La creación de esa mascarada, los “Premios Príncipe de Asturies”, con su correspondiente Fundación y su nutrida lista de aduladores a sueldo de la Monarquía, era casi la única imagen del País que se deseaba pasear a lo largo y ancho de todo el Estado. La falsa imagen de una Asturies española y covadonguista, entregada en cuerpo y alma a una Casa Real de dudosa, cuando menos, legitimidad, venía a unirse de forma harto manipulada a la idea de una “Cuna de España”, y a vincularse el País entero a una estirpe que partiendo de Felipe de Borbón habría de remontarse fantásticamente a don Pelayo, princeps de los ástures. Mientras los asturianos de verdad, el pueblo trabajador, luchaban a brazo partido con sus gomeros y sus tubos lanza-proyectiles en las barricadas contra la represión uniformada, defendiendo un trabajo digno y una manera de ser del país, la Casa Real y el gobierno de España manipulaba una realidad de país en llamas, sustituyéndola por un verdadero cuento de hadas. El cuento del “Principado” de Hadas era imposible de tragar, una patraña donde el príncipe azul se dignaría, una vez al año, a atravesar nuestra frontera de montañas y nos regalaría a los asturianos con su regia presencia. El cuento de hadas donde viene un príncipe a pescar novia para elevarla al rango de futura reina y así “ennoblecer” a un pueblo ástur con renovados vínculos a esa Corona. Se vuelve a perpetrar, con el título de Príncipe de Asturies con que fue investido Felipe de Borbón, la misma apropiación indebida del País Asturiano que el rey de Castilla realizó en 1388 al “inventarse” tal título y tal género de vinculación. Y mientras tanto, entre boatos monárquicos, entre premios y desfiles de gaiteros, la Asturies real, no la regia, seguía muriendo en la mina o en la mar, seguía recibiendo palos de los antidisturbios, seguía siendo empujada a la emigración, por medio de durísimas recetas del Terrorismo Neoliberal de Estado. Desde despachos madrileños, abusando de una titularidad estatal de las más importantes empresas del País Astur, echaron a la gente honrada a la calle, forzándola a la emigración y al subsidio. La labor colonialista que Franco y sus antecesores habían iniciado con Asturies, esto es, la labor de quitarle al País toda posibilidad de verdadero autogobierno político y autogestión económica, fue culminada por los sucesivos gobiernos socialistas en Madrid y en Oviedo. Quitarse a Asturies de en medio, despotenciarla a escala industrial, no era otra cosa que despotenciar un verdadero bastión obrero combatiente en Europa y en el Reino. Los proyectos del PSOE y del PP en estas dos últimas décadas consistieron en neutralizar esas islas de militancia obrera, potencialmente revolucionaria, para reconvertir el Estado Español en esa potencia anodina basada en el turismo y en la explotación del emigrante extranjero en sectores como la construcción y servicios. Era necesario destruir al proletariado para crear un subproletariado que garantizara la tasa de plusvalía al capitalismo hispánico. Por ello destruyeron al proletariado asturiano y crearon una Asturies falsa, con lastres monárquicos incluso en la denominación oficial de la Comunidad Autónoma (“Principado de Asturias”), una Asturies con una imagen exterior absolutamente falsa y manipulada, que esconde la constante y dolorosa experiencia de lucha de clases que desde hace mucho padece, y hoy sigue padeciendo.

Y es que, aunque a veces le resulte increíble al camarada castellano, gallego, vasco, andaluz, catalán o en general, al camarada europeo, hay que decirlo bien alto: Asturies es un país en el que no se ha salido aún de la fase pre-democrática que en otros lugares ya está rebasada desde hace muchos años. La lucha proletaria que aquí desarrollamos aún consiste en reivindicar unos derechos básicos y que, al igual que sucede en las Colonias, se ven disminuidos sistemáticamente: derechos lingüísticos, derecho a autogestionar las inversiones públicas, libertad de expresión y de protesta. Asturies es la única Comunidad del estado con lengua propia, en la cual su utilización sigue siendo reprimida, bajo el pretexto de no ser lengua oficial. En Asturies, como en los peores tiempos del franquismo, se sigue encarcelando a sindicalistas bajo procedimientos judiciales y policiales bochornosos (caso Cándido y Morala, y otros muchos).

La lucha de las fuerzas proletarias en pro de la emancipación nacional y de clase es hoy más necesaria que nunca. Me permito copiar las declaraciones leídas en un artículo del filósofo Santiago Alba: “Hoy el marxismo es y debe ser nacionalista”. Lo suscribo, y subrayo por mi cuenta el imperativo: debe serlo. El contexto internacional ya no permite suponer –algunos marxistas lo supusieron en el pasado- que exista un oasis proletario desde el cual exportar la Revolución, o en cual refugiarse en épocas de reveses y turbulencias. Ni la U.R.S.S., ni la R.P. China, ni ningún estado potente puede servir ya de modelo o referente. El marxista, el socialista revolucionario, debe ante todo apoyar la lucha de los pueblos pequeños por su supervivencia cultural y política, por su mayor autogobierno y su descolonización. Al igual que ocurre con las especies animales y vegetales, las naciones, por el mero hecho de existir tienen derecho a existir políticamente. Y esta existencia diferenciada sólo viene garantizada por el derecho a la autodeterminación, cuando es un pueblo obrero consciente y en masa el que lo reclama. Este derecho no “se concede”, como se otorgan regalos o privilegios, desde instancias pretendidamente superiores o más fuertes. Es un derecho que, al igual que acontece con las personas individuales, su derecho a la vida, su derecho a ser libre, simple y llanamente se “tiene” desde siempre y para siempre. Se trata ni más ni menos que de un derecho natural de tipo colectivo, una concreción colectiva de los derechos humanos inalienables e intrínsecos a nuestra condición antropológica. Su defensa es también la lucha de los marxistas revolucionarios, una etapa básica en pro del socialismo, que en el fondo supondrá la confederación amistosa de todos los pueblos del planeta. La liberación de las pequeñas naciones significa una apuesta por la dignidad de la especie humana, pues es más digna y libre en la diversidad, y cada éxito conseguido en la descolonización de los países oprimidos y en la fragmentación de los grandes imperios capitalistas, es una baza a favor del proletariado mundial, que verá así extender más y más un mosaico de múltiples oasis de libertad y socialismo en el mundo.

No es ningún secreto que el actual Reino de España, en el concierto de los estados capitalistas de Occidente, y como miembro de esa “Unión de Comerciantes” que es la U.E., ha recibido instrucciones bien precisas de las grandes potencias para conservar sus actuales trazados de fronteras, su unitarismo “superestructural” como potencia media a efectos negociadores, y su implacable control del “patio interno” para evitar un rebrote de movimientos proletarios que se afanen en la edificación del socialismo en ciertos oasis e islas, por medios propios, quizá impredecibles a los ojos de la burguesía mundial. En este contexto, la gran baza con que cuenta el centralismo estatal, fuerte a escala institucional, así como el débil nacionalismo español, en términos ideológicos, consiste en aprovechar el desigual grado de desarrollo de la conciencia nacional en los distintos países del Reino de España. Bajo su conocida estrategia del “divide y vencerás”, el Estado se contenta con ir regateando migajas de autogobierno a las tres naciones formalmente aceptadas como “históricas” para gran escarnio de muchas otras naciones no menos “históricas” –como es la mía, Asturies. De esta manera, el Estado da sus “regalos” al cupo limitado de tres países presuntamente privilegiados, que de seguro tienen derecho a más, y alimenta el encono de las naciones con menor grado de autoconciencia, que abrazan engañadas el instrumento llamado “España” considerándolo como un supuesto aparato protector de la recíproca solidaridad entre los pueblos del Estado. Esta ideología, propugnada desde el Estado central y los agentes del españolismo, es un lamentable error que no hace sino romper la unidad de la clase trabajadora en todo el Estado y cortocircuita la solidaridad revolucionaria en las respectivas luchas por la emancipación, asilándolas entre sí, y criminalizándolas más fácilmente. Además, el nacionalismo español que sustenta este invento suyo, “España” se haya muy feliz por la manera fácil en que “vasconiza” cualquier otro movimiento nacionalista y al mismo tiempo revolucionario. Al tomar, para lo que les interesa, los aspectos más negativos del conflicto de Euskal Herria como modelo-pronóstico de lo que podría llegara a suceder en Catalunya, y después de Catalunya a cualquier otra nación ibérica con autoconciencia más que embrionaria, el Estado con su supuesta cohorte de “regiones” españolizadas que alardean de “patriotismo constitucional”, se permite el gran lujo de lanzar una descalificación a priori de otras experiencias soberanistas, independentistas, o simplemente nacionalistas que nada tienen que ver con ETA ni con los demás acontecimientos vascos. ¿Se imagina el lector que algún día se detuviera a una persona inocente y le imputaran cargos “preventivos”? ¿Se le podría juzgar en justicia por lo que “todavía no ha hecho”? No sería la primera vez que una barbaridad así sucediera, pero esto no sería justo, desde luego. Pues bien, en el ámbito ideológico, algo parecido sucede con la criminalización a priori -preventiva- de aquellos movimientos sociales y políticos que, aunque embrionarios y muy desigualmente implantados en el territorio estatal, no comparten el gusto por este modelo de Estado unitario burgués y el Poder desea quitárselos de en medio.

El Internacionalismo proletario no pierde de vista nunca la aspiración a construir en un futuro más o menos lejano una Confederación Mundial de Pueblos o Naciones libres, que a su vez sean comunidades de productores libremente asociados. Pero, más allá de la utopía o de la idea que nos hagamos sobre un futuro en paz y socialismo, creo que lo que debe implantarse, como premisa ineludible de ese futuro, es el respeto y el derecho a la propia identidad colectiva de cada pueblo o nación. Este capítulo de los Derechos Colectivos del ser humano es un prerrequisito para que se puedan respetar los Derechos Individuales tal y como se expresan en la Declaración Universal de 1948. Frente a la propaganda necia de los centralistas y nacionalistas españoles, no hay confrontación alguna entre Derechos Individuales y Derechos Colectivos del Ser Humano. Ni menos aún cabe reduccionismo alguno, que subsuma o postergue los Derechos del segundo tipo a los del primero. Antes bien, ha de quedar bien claro que, desde el marxismo, el respeto y reconocimiento riguroso de los Derechos Colectivos es la base esencial para que no se cometan violaciones sistemáticas en los Derechos “Individuales”, que nunca son tales salvo por abstracción, dado que el individuo humano es un ser social de manera natural y sustancial, como ya sabían los filósofos griegos (Aristóteles, especialmente) y como nos recuerda sin cesar Karl Marx en sus obras.

En el contexto más inmediato del Estado Español, las luchas de las fuerzas marxistas y nacionalistas habría de pasar por una crítica y oposición tenaz y sin concesiones al actual marco Constitucional impuesto desde 1978. Los avances formales en cuanto a libertades políticas, derechos humanos, descentralización, etc., dispuestos con el fin de romper con la dictadura franquista, sin embargo se mezclaron con una serie de cláusulas “inamovibles” impuestas por los sectores reaccionarios de aquel momento, que siempre mantuvieron sujetas ciertas riendas básicas del Poder, empezando por el Poder militar. La introducción del principio de la “indisolubilidad” de una supuesta “Nación Española” solo puede entenderse en este sentido: la imposición sobre las fuerzas izquierdistas, nacionalistas y, en general, democráticas, de un dogma indiscutible que iría a ser vigilado estrechamente por los uniformados (mayoritariamente nostálgicos de la Dictadura). El proceso de descentralización del Estado estuvo plagado -a partir de la Espada de Damocles golpista- de todo un sinfín de eufemismos como “nacionalidades” (en lugar de “naciones”) o “Estado de las Autonomías” (en vez de un pronunciamiento claro en favor de una Federación o Confederación en la que iría de suyo el Derecho de Libre Asociación y Libre Separación). Otra de las imposiciones de escasa o nula legitimidad fue la forma monárquica de la Jefatura del Estado, como evidente síntoma de una continuidad entre la salvaje Dictadura franquista y la “Transición” que, en algunos ámbitos, parece que nunca va a quedar culminada. El marxismo nacionalista que debería brotar en todos los pueblos y naciones del Estado debería luchar porque se restaure un régimen Republicano, en absoluto centralista, como el de 1931-1939, sino como fórmula jurídica de un nuevo Pacto Natural entre los Pueblos que actualmente conforman el Estado. Lo honesto, para que se hubiera completado de una vez la famosa “Transición”, hubiera sido que -tras un breve periodo prudencial- el rey hubiera abdicado de su Poder, y que el ejército, la iglesia y demás instituciones colaboradoras con el Fascismo se hubieran puesto al servicio del Pueblo, pidiendo de manera pública y formal Perdón por su labor genocida, y tratando de colaborar en la democratización del Estado, bajándose de la mesa negociadora. No ocurrió tal cosa, y se constituyeron sin embargo en Poderes Fácticos en el mercadeo de la Transición, Poderes no votados ni deseados por el Pueblo.

Para llegar algún día una Confederación de Pueblos Libres, a su vez entendida como una serie de comunidades de Productores Libremente Asociados, de un alcance mundial, no me cabe duda de que sería un paso intermedio y de alcance “regional” en el Planeta, la transformación de esta antigualla reinventada del “Reino de España” en una (Con)Federación de naciones ibéricas a priori independientes (ergo, soberanas) y sólo a posteriori unidas de forma voluntaria, por libre decisión mayoritaria de sus habitantes. Esto sería hacer justicia con la historia de las naciones que componen el mundo ibérico. Naciones que, sin duda, son hermanas y que ya llevan siglos estableciendo relaciones culturales, solidarias, económicas, etc., por encima de los designios formales emanados desde Madrid, o desde la Corte. Pero en una asociación, la libertad de formar parte de ella es un punto esencial. Y también aquí la apuesta por un modelo (Con)federado de tales características es condición sine qua non para el socialismo. ¿Por qué? Pues porque desaparecerán las Colonias Internas, esto es, el uso y abuso de un territorio y de un pueblo al servicio de otros. El Estado español ha seguido desde hace siglos la misma senda de los estados francés, inglés, prusiano, etc., es decir, colonizar a países vecinos (no necesariamente hablamos de Colonias en el sentido ultramarino) para instrumentalizarlos servilmente en provecho de un Imperio expansivo, de una Superestructura fagocitadora de mano de obra barata, bienes primarios baratos, etc. El día en que una III República de Naciones Ibéricas sea una realidad, las cosas se pondrán en su sitio. Cada unidad territorial buscará su propio desarrollo sin la dependencia servil de la solidaridad de las otras, y los mecanismos colectivos para promover igualitariamente la solidaridad entre los países socios serán eficaces y reales, ajenos a cualquier mentalidad parasitaria, por un lado, y colonizadora, de otro. No habrá parásitos ni privilegiados, como se pretende argumentar en el actual marco del Estado de las Autonomías, y cada nación redescubrirá sus propias virtudes al abandonar su dependencia de la Metrópoli.

La situación actual: una unidad del Estado basada en el miedo. En Madrid, en el kilómetro cero, se concentran (ya casi es rutina) miles de “españoles”. Dicen defender una Constitución. Dicen defender una “Unidad” patria, llamada España. El riojano Gustavo Bueno (vide “Gran Hermano”) llama “dementes” y “cursis” a los nacionalistas. El análisis político, como se ve, es de altura. Otros epítetos, quizá peores, se oyen en esos extraños foros, fundaciones y órganos de agitación (incluidas la COPE, Onda Cero, etc.). Hay, en diversos medios, apelaciones a restaurar la pena de muerte para los separatistas. Que personas formadas pidan, en abuso de su libertad de expresión, la muerte de Ibarretxe o de Carod-Rovira, solo por tener miedo a sus propuestas o por no compartir sus posiciones políticas, provoca una gran preocupación. ¿Qué está pasando?

Ahora, los coqueteos necesarios del partido gobernante en el estado con fuerzas nacionalistas ha servido para que la extrema derecha meta a los socialistas en el mismo saco de la “anti-España”. A tenor de la virulencia de los ataques e insultos, así como de la dureza de sus juicios, ad hominem y sin hondura ideológica ninguna, tan solo los partidos nacionalistas de algunas periferias introducen una “tercera vía” en este sórdido bipartidismo a la española, donde las posiciones están tan encastilladas, al menos de cara a la galería. La posición de los nacionalistas “periféricos” (especialmente de signo burgués) es, a veces, ambigua y suelen entrar también en el juego retórico de las “Dos Españas” y del lenguaje “guerracivilista”, pero cuando hay una situación como la presente ¿quién se puede poner “por encima del bien y del mal” y más cuando se es objeto de un insulto permanente? En el bipartidismo hispánico las formaciones alternantes en el poder han practicado a partes iguales una política represiva contra el proletariado y contra las naciones periféricas oprimidas, además de una abyecta sumisión a los diversos poderes fácticos a los que se ha entregado el invento español (E.E.U.U., Iglesia, Gran Capital), y una cerrazón inmovilista ante reformas constitucionales y movimientos nacionalistas y soberanistas.

Los dos grandes partidos estatales podrían cuidar un poco más las formas para seguir gozando de las mieles de la alternancia entre una izquierda y una derecha ambas por igual “civilizadas” y “patriotas” y “leales constitucionalmente” también a partes iguales. Esto significaría estar de acuerdo en los puntos esenciales para el mantenimiento del estado al que ellos dicen servir, en un sistema que tanto terreno deja para su propio beneficio como maquinarias electorales, burocráticas, mediáticas y auto-perpetuantes que son. PP y PSOE podrían vivir tan cómodos si no existieran ambiciones y fuerzas nacionalistas “periféricas” en algunas partes. Un experimento de lo que sería “España” sin la aportación periférica y nacionalista lo tenemos en la “España interior” (ambas Castillas, Extremadura, etc.), donde reina la paz de los cementerios y el simulacro de la alternancia (en algunas de estas regiones apenas nunca la hubo desde el cambio de régimen de 1978). La política allí es un soberano aburrimiento, y el partido es solo un medio de promoción social y una gran familia donde se intercambian favores.

La alternancia bipartidista parece que se rompe, que se viene abajo, pese a que mucho votante encuentra, para defender su “España”, dos opciones centralistas, españolistas, patriotas-constitucionales, casi indistinguibles como no se fije uno en ciertas formas o, como ahora se dice, “sensibilidades”. PP y PSOE son indiscernibles también en lo que hace a su sometimiento a la forma monárquica, al sustento material de la Iglesia, y a la tolerancia hacia sus intromisiones, en lo que se refiere a su participación sumisa en el concierto económico capitalista mundial, etc. Pero he aquí que la espina clavada de los nacionalismos periféricos les estropea todo un cuadro idílico de régimen parlamentario binario y alternante. La “mala leche” brota con respecto a un problema, y ese no es otro que el cuestionamiento de base que ahora se hace de su invento, el artefacto llamado “Nación Española”. Los nacionalistas periféricos les enfurecen, no tanto por mantener una doctrina que “pone en peligro” la unidad del estado, o la solidaridad entre territorios. Esto es retórica. Les enfurece y les hace perder los nervios porque el sustento que los post-franquistas habían concebido en los años 70 para poder perpetuarse y continuar con los privilegios y marcos jurídico-administrativos básicos del anterior régimen, ese sujeto o substrato mismo, es el que peligra y hace que naufrague incluso la continuidad de sus garbanzos y su proyecto de raíz franquista, según el cual, todo quedaba (en 1975, o en 1978) “atado y bien atado”, como dijo el dictador. Terceras fuerzas políticas, y viejas naciones exigiendo su constitución como naciones políticas supone, para los dos grandes máquinas electorales y para sus respectivos clientes financieros y empresariales, “perder la titularidad” del cortijo, o al menos, de alguna parte. Tienen miedo. Les puede el miedo. Y el hombre cuando tiene miedo es capaz de cometer muchas barbaridades.

Como se da el caso de que la Nación Asturiana vive sumida en una anomalía democrática, con represión lingüística y laboral, y un penoso colonialismo económico y cultural, creo que cualquier contribución crítico-intelectual, por modesta que sea, encaminada a dar pasos a favor de su emancipación, merece la pena ser realizada, constituye una tarea noble y necesaria. En este sentido debe entenderse mi pequeño trabajo. Que otros vengan, prosigan, lo completen y lo perfeccionen. Lo que hoy se considera “marginal” o “radical”, quizá mañana se vea como la primera luz en la boca de un túnel muy largo y oscuro. El túnel de la opresión de todo un pueblo. Asturies lleva muchos años dormida, pero aún está a tiempo de despertar, y quizá pueda alcanzar su liberación en un futuro no lejano. ¡Puxa!


FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA

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