Los conceptos de nación y de Estado aplicados al caso español: el aporte histórico de Pierre Vilar

En las páginas que siguen, trataré de dar una breve visión de las teorías de Pierre Vilar relativas a los conceptos de nación y de Estado aplicados al caso español.

 

 

En unas jornadas organizadas por el Instituto de Investigación sobre las Sociedades Contemporáneas (IRESCO, en sus siglas en francés), del Consejo Nacional de Investigación Científica (CNRS, en sus siglas en francés), dedicadas al caso de España, dentro de la temática general “Ciudadanía/Nacionalidad, presenté una comunicación sobre la aportación histórica de Pierre Vilar a la “cuestión nacional”, aplicada a España. Sin pretender ni mucho menos analizar a fondo toda la inmensa aportación de Pierre Vilar a este tema, me limité sencillamente a exponer algunos de sus aspectos más originales e innovadores. En unos momentos como los actuales, en los que esta cuestión vuelve a ocupar el primer plano del debate político, no está quizá de más abordarlo desde una perspectiva histórica. Hemos tratado de actualizar y reajustar nuestro texto, esperando que sirva de base para una reflexión, generadora, a su vez, de nuevos debates de ideas.

 

 

 

Como es bien sabido, lo que hemos convenido en llamar la “cuestión nacional” ha preocupado mucho desde siempre a Pierre Vilar. En la Introducción a su Cataluña en la España moderna desarrolló ya sus ideas sobre la cuestión nacional, a la que consagró después numerosos trabajos que fueron publicados, sobre todo en francés, español y catalán. Además, trató durante años esta cuestión en sus seminarios en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales.

 

En sus trabajos sobre esta cuestión, Vilar se refiere continuamente a casos concretos, ya que, para él, no es posible hablar a lo largo de páginas y páginas del concepto de nación o de Estado sin mencionar un solo caso concreto, como hace Nicos Poulantzas (Estado, Poder, Socialismo). Recordemos, en este sentido, que los ejemplos que da Vilar rebasan ampliamente el marco de España, con múltiples referencias a otros países europeos como Francia, Alemania, Italia, los Países Bajos, los países de Europa de Este, o a países de otras regiones del mundo.

 

La confusión entre “nación” y “Estado”  

 

A nivel del vocabulario, Vilar recuerda la confusión entre “nación” y “Estado” en general. La historiografía clásica, particularmente la historiografía “nacionalitaria” del siglo XIX, impuso al discurso político y al lenguaje ordinario una confusión, que está lejos de ser inocente: las clases sociales desaparecen en la reconstrucción histórica y están personalizadas por los grupos organizados políticamente. Frente a las reivindicaciones de los grupos o de las clases, los Estados siguen invocando el “interés nacional”. El término “nacional” se utiliza a diestro y siniestro: el “producto nacional” dicen los economistas, y se dice “los nacionales” para referirse a los ciudadanos de un Estado. En este sentido, Vilar recuerda cómo la “nacionalidad” de un individuo- la que figura en su pasaporte- indica, en realidad, la pertenencia a un Estado.

 

Estas reflexiones son particularmente pertinentes en el caso de España, en el que esta confusión aparece claramente en los primeros artículos de la Constitución española de 1978.  En el artículo 1, apartado 1, se dice: “España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, etc”, y en el apartado 3: “La forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria”. Pero el artículo 2 reza: “La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas”. Aún, el artículo 3 reza: “El castellano es la lengua española oficial del Estado […]. Las demás lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas de acuerdo con sus Estatutos”. Y en el artículo 4 puede leerse: “La bandera de España está formada por tres franjas horizontales, roja, amarilla y roja […]. Los Estatutos podrán reconocer banderas y enseñas propias de las Comunidades Autónomas […]”.

 

Vilar ve en estos primeros artículos contradicciones que reflejaban la intensidad del conflicto entre la necesidad de reconocer dentro del Estado español la pluralidad de comunidades y la nostalgia, siempre presente y con un telón de fondo pasional, de España como nación-Estado-potencia. Se admite la pluralidad, incluso a nivel de los símbolos, cuyo poder movilizador- banderas, himnos- nadie ignora. Pero, se pregunta Vilar, ¿se puede- – conciliar esta aceptación con la “unidad indisoluble” de la “nación”, con la “indivisibilidad” de la Patria, si estos términos designan a España entera?

 

Vilar señala con razón que la palabra “región” no asusta a nadie y la glorificación de lo “regional” era habitual en el discurso franquista. En cambio, la “nacionalidad”, concepto teórico, aplicado a una porción del territorio del Estado, o “comunidad autónoma”, que supone la cesión, aunque fuera solo parcial, del poder político, parecen poco compatibles con el vocabulario ferozmente jacobino del artículo 2.

 

Vilar hace notar que en la Constitución del 78 no se hace la menor referencia a la idea “federal”, siendo que la antigua monarquía española era en la práctica “federativa”, los sueños republicanos del siglo XIX eran los sueños de una federación, y todos los programas electorales de la izquierda tuvieron siempre un “tono” “federalista”. En cualquier caso, el debate constitucional reconoció la incoherencia conceptual del texto aprobado.

 

Cuando Vilar hizo saber sus inquietudes a sus amigos españoles (entre otros, a Jordi Solé Turà, del PSUC) que habían participado en la redacción de la Constitución de 1978, éstos le respondieron que se trataba de textos, sobre los que era preciso llegar a un consenso, y que lo que importaba sobre todo era su aplicación. Pero la agravación del problema vasco en aquellos años, y la lentitud del proceso de autonomía muestran que era precisamente la aplicación la que generaba las dificultades. Por esta razón, Vilar consideraba la España de la Transición un campo de experimentación de un valor excepcional para los problemas de las relaciones entre nación y Estado.

 

El concepto de “nación” en la Edad Media 

 

Para Vilar, la “nación” como categoría histórica no puede ser definida más que históricamente. Su definición, añade, puede también depender, para ciertos aspectos, de la psicología, la sociología o la etnología, siempre que la aportación en el tiempo y en el espacio de estas disciplinas la sitúe el historiador dentro de una perspectiva.

 

Vilar nos advierte contra la utilización anacrónica del concepto moderno de “nación” en el vocabulario histórico para referirse a la Edad Media. Todas las historias nacionalitarias o nacionalistas del siglo XIX, y, luego, del XX- nos basta solo con ver la “historia nacional”, que se enseña a los niños de todos los países desde la escuela primaria- se edificó sobre una reconstrucción del pasado, en el que se buscan las raíces de una identidad nacional desde los tiempos más remotos.

 

En lo que respecta al caso de España, eminentes historiadores como Sánchez- Albornoz o Menéndez Pidal defendieron la idea de que España existía ya en la Edad Media. Es más, para Menéndez Pidal “el mapa cultural” de la Hispania romana era ya una prefiguración perfecta de la España del Siglo de Oro. Habría habido, pues, una continuidad histórica con la Hispania romana, que la desagregación feudal no habría bastado a quebrantar. Ahora bien, durante la Edad Media no se trataba de una sola Hispania, España, sino de Hispaniae, de Españas.

 

En cuanto al concepto de “nación” en la Edad Media, Vilar hace notar que en este periodo las “naciones” se asimilaban a las lenguas (“linguae sive nationes”, escribía Santo Tomás de Aquino). En las universidades, los estudiantes se reagrupaban en “naciones”, según su lengua. De otro lado, se asiste a la aparición de “estereotipos nacionales”. En este caso, la idea de nacionalidad se asocia a una comunidad psicológica reconocida, pero no identificada con uno de los grandes conjuntos políticos existentes hoy. Se trataba de unidades intermedias que llamaríamos hoy “provincias” o “regiones”, “agrupaciones en potencia”, que no siempre dieron lugar a un Estado político.

 

Fue entonces cuando se planteó el problema de quién asumiría la responsabilidad de organizar políticamente esas agrupaciones subyacentes. En primer lugar, los grandes nobles (los condes de Castilla, los condes de Barcelona), nobles que accedieron al título de reyes, explotando prestigios y derechos de origen muy diverso (soberanías feudales, aspectos sagrados de la realeza, reminiscencias del derecho romano).

 

Por otra parte, desde el punto de vista del porvenir “nacional”, este proceso es doble: de un lado, los reyes (o los grandes señores feudales) juegan con combinaciones matrimoniales y con derechos de conquista sin preocuparse de sus súbditos; pero llega un momento, en el que deben apelar a la solidaridad de origen (“naturals nostres”, decían en este caso los condes de Barcelona).

 

¿Pero existía ya en esta época el sentimiento de pertenencia a una “nación”, como afirma la historiografía nacionalista de los siglos XIX y XX? En primer lugar, las relaciones feudales, señala Vilar, son fundamentalmente “personales”; el sentimiento de “pertenencia” se refiere a la persona del señor. Tenemos que ser, pues, muy cautos a la hora de calibrar los valores “nacionales” en la Edad Media. No había entonces, como tampoco hoy, una coincidencia entre la organización política y la agrupación étnica, entre la “nacionalidad” y la reconstrucción del Estado.

 

Vilar considera, no obstante, que no hay que rechazar de manera dogmática cualquier manifestación del sentimiento “nacional” en la Edad Media. Un sentimiento de grupo, especialmente si se trata de un sentimiento defensivo, puede favorecer una empresa real. Una coalición de intereses dirigentes, próximos por sus orígenes y sus objetivos comunes, puede esbozar una obra de expansión de un Estado nacional precoz, como fue el caso de la Cataluña del siglo XIII. Este caso fue, según Vilar, excepcional por la alianza de una monarquía feudal, la aragonesa, y de una burguesía comerciante, la catalana. Este tipo de burguesía se dedicó, sobre todo, a la creación de “repúblicas” ciudadanas (como las italianas), con posesiones territoriales limitadas. Pero hay países, en los que los problemas de construcción nacional fueron planteados, aunque no siempre resueltos, por la nobleza como clase dirigente.,

 

Si olvidamos todo esto, con el pretexto de que la palabra “nación” no tenía el mismo sentido en la Edad Media que hoy día, corremos el riesgo, nos dice Vilar, de olvidar el papel subyacente, activo o pasivo, de los “factores objetivos de comunidad”, de hechos que no son “transhistóricos”, sino de “larga duración”, y que son “utilizados” de nuevo y “reajustados”, pero no “creados” por los sucesivos modos de producción en la organización política del espacio. Para Vilar, hay que evitar las apreciaciones siguientes: a) La comunidad crea al Estado ascendente; b) El Estado ascendente puede crear la comunidad entera. La relación entre los dos hechos es “dinámica” y “dialéctica”.

 

Nación, capitalismo y Estado moderno

 

El Estado moderno, que será más tarde confundido con la “nación”, no se afirma verdaderamente como forma política más avanzada sino en la etapa de la transición del feudalismo al capitalismo, en ciertos países, a un cierto nivel y en ciertos momentos. Aparece con los Tudor, Luis XI y los Reyes Católicos, para Inglaterra, Francia y España, respectivamente. En lo que se refiere a esta última, ya ha dejado de ser “Hispaniae”, como en tiempos anteriores, para pasar a ser España en singular.

 

Ahora bien, las tres grandes monarquías absolutas (España, Francia e Inglaterra) no son, por supuesto, “Estados capitalistas”, sino Estados que rematan un “orden feudal”, cuya fragmentación dominan. Estas monarquías protegen los valores, las jerarquías y los ingresos de la clase feudal, pero deben adaptarse también a un mundo en transformación: el ascenso de las fuerzas productivas, la apertura de nuevos mercados tras los descubrimientos. Y Vilar se pregunta: ¿Es que todo esto daba ya un papel decisivo a la burguesía?

 

Sobre este punto, debemos ser cautos: en la Edad Media habían existido ya ”burguesías”; sin embargo, el Estado “moderno” muestra una necesidad de “política económica” que sobrepasa las necesidades de las antiguas casas reales. Se habla aún “del Príncipe” o “del Reino”, pero también se dice a menudo “de la república”, en el sentido latino de “res publica”, “la cosa pública”, es decir que el Estado empezaba a ser considerado “la cosa de todos”.

 

En esta actitud económica de los poderes, existía ya un cierto sentido de la unidad de mercado dentro de las fronteras. El indicio más simbólico es la unidad “monetaria”. Pero España no la realizará. Tenemos, pues, que ser prudentes también sobre este punto. La nación como mercado es, fundamentalmente, una idea del capitalismo industrial. En cambio, la identificación entre los intereses del Estado y el interés común “frente al exterior” cristalizó en el “mercantilismo”. Éste existía ya en la Edad Media y existe aún hoy, pero los siglos XVI y XVII se encargaron de sistematizarlo: vender más de lo que se compra, “aumentar” las riquezas del reino. La comunidad se “personaliza”: “nuestra España” dirán los arbitristas castellanos del siglo XVII.

 

Pero volviendo en este análisis a los Reyes Católicos, ¿es que con ellos muere el “Estado feudal”? En España, la unidad residía únicamente en las personas reales. Era una unidad dinástica, la unidad de dos coronas- la corona de Castilla y la corona de Aragón-, pero no política ni del mercado económico. Los antiguos reinos conservaban sus instituciones. España no realizó su unidad monetaria ni aduanera: Barcelona, Valencia, tenían políticas monetarias y aduaneras propias, Navarra y las provincias vascongadas tenían políticas propias en materia de fiscalidad. Las estructuras feudales que la monarquía española conservaba en el siglo XVI serían transferidas a América. Para Vilar, la colonización española en América no fue capitalista, sino feudal: de arriba abajo, de concesiones de bienes y de almas; de abajo arriba, juramento de fidelidad de los vasallos y pago del ”quinto”, como en tiempos del Cid.

 

¿Fueron los tesoros americanos los que iniciaron el proceso capitalista? En cualquier caso, no en España. Vilar definió el imperialismo español como la “etapa suprema del feudalismo”, expresión afortunada que resume bien el carácter de la explotación económica de las colonias americanas por la monarquía española.

 

Ciertamente, la “potencia” imperial, la idea católica, la “cultura” reconocida universalmente como “española” crean, en su apogeo, una conciencia, un orgullo, célebre en el mundo, de ser español.  Un “amor” también a lo que los textos designan “nuestra España”, a la comunidad como posesión, como un bien, al que se debe defender. ¿Pero hasta dónde va este espíritu? Para Vilar queda todavía mucho por explorar en este sentido. El concepto romántico del “grupo como persona” no está ausente: “la España defendida”, “los sufrimientos de España”, “la desgraciada España”, escribía Quevedo. Pero la España “propiamente dicha”, es decir, la España en términos políticos, estaba dividida en tres coronas: la de Castilla, la de Aragón y la de Portugal, esta última de 1580 a 1640.

 

Cuando Cataluña, que formaba parte del reino de Aragón, y Portugal se sublevaron en 1640, el propio Quevedo, al afirmar que el extranjero se servía siempre de los españoles para combatir a España, mencionaba, entre los españoles traidores, a las gentes de Flandes, de Borgoña, de Italia y de Alemania. Para Quevedo lo que constituía el hecho de ser español era más la lealtad que la patria, de modo que el español dejaba de serlo cuando dejaba de ser leal. Se trata aquí de una concepción territorial de la “patria”, y “feudal” de la pertenencia.  La gente pertenece a un señor. Los catalanes también lo pensaban cuando cantaban: “Ara el rei nostre senyor declara en té la guerra”. “Cambiar de señor no es ser libres”, les decía Quevedo. ¿Es desleal si cambia de señor o no hace más que ejercitar el derecho feudal de “desnaturalización”, es decir, de darse a otro señor? En 1640, el hecho de pasar del duque de Olivares al cardenal Richelieu, ¿era “cambiar de señor” o era “cambiar de Estado”? Francia y España se repartían, como potencias, el territorio catalán. Entonces, ¿Quevedo patriota? ¿Revuelta catalana “nacional”?, se pregunta Vilar, para terminar diciendo que sin rechazar el vocabulario, éste exige “reservas” en una época de transiciones de las estructuras.

 

Para Vilar fue en el siglo XVIII cuando España estuvo más próxima del modelo Estado-nación-potencia. Al renunciar a Flandes y a Italia, Felipe V optó por un territorio compacto. Aprovechando su victoria sobre los antiguos “reinos” peninsulares que lo habían combatido, Felipe V suprimió sus instituciones particulares. España conservó su inmenso imperio colonial, cuya explotación, si llegaba a modernizarla (y lo hará en parte), podría darle el primer puesto como potencia. Francia e Inglaterra no lo ignoraban, por supuesto.

 

El siglo XVIII fue el siglo del “centralismo borbónico”, el siglo “afrancesado” por excelencia. Muchos historiadores atribuyen los cambios de orden político (retroceso de los particularismos) y económicos (el comercio de granos fue declarado libre) registrados en el siglo XVIII, a influencias de los filósofos y economistas extranjeros y no a procesos espontáneos. Pero, se olvida, señala Vilar, que hacia 1780 Cádiz era un puerto mundial, que Cataluña estaba considerada una “pequeña Inglaterra”, que la Compañía Guipuzcoana, los Urquijo, los Cabarrús, controlaban la economía vasca, que el número de nobles había descendido de 800.000 a 400.000, y que las reformas de Campomanes anteceden en diez años a las de Turgot en Francia. Fue, pues, un proceso espontáneo el que favoreció la aparición en este periodo de un Estado-nación a nivel de España.

 

Bajo el reinado de Carlos III, las reformas del conde de Aranda iban en el sentido de una modernización del aparato del Estado. Se vio aparecer en el vocabulario una identificación de “ciudadano” con “patriota”, de “nación” con “Estado”.  Y la “nación” está “por encima del rey”.

 

En el siglo XIX, con ocasión de los debates en las Cortes de Cádiz que llevaron a la primera Constitución española de 1812, “patria” y nación” se confunden. Aunque asediados por todas partes, las Cortes creen sinceramente ser las fundadoras de una “nación-patria-Estado de derecho”. Comprobamos que el término “nación” se encuentra dos veces y medio más utilizado que los de “reino”, “Estado” o “pueblo”. Aquí “nación” está empleado en el sentido moderno del término. Como señala Vilar, nunca se había esforzado uno tanto en definir la “nación” o, más precisamente, la “nación española”.  El artículo 1 de la Constitución de Cádiz reza: “La nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios”. A “la reunión de todos los españoles” se añadió “de ambos hemisferios”, para expresar la idea de que los españoles de América son tan españoles como los de la Península, que componen todos juntos una sola nación. Y esto en vísperas del levantamiento de las colonias americanas que llevó a su independencia…

 

Vilar constata que el siglo XVIII español fue un siglo unificador, mientras que el siglo XIX fue un siglo disgregador. Todo ello en una época, en la que Italia y Alemania lograban realizar su unidad.

 

En el siglo XIX nadie ignora el desarrollo desigual del capitalismo industrial entre regiones: industriales- Cataluña, País Vasco- frente a regiones agrarias- Castilla. Según Vilar, España sufrió de una falta de coincidencia entre “núcleos” desarrollados (aunque modestos) y el “aparato del Estado”, instalado en las regiones agrarias. Para Vilar, el vínculo entre burguesía industrial y “nación-Estado” (no necesariamente “nación” a secas) es una de las evidencias históricas mejor establecidas, dado que los “textos” se corresponden con los “hechos”.

 

Ahora bien, en el siglo XIX español hubo el fracaso de la revolución industrial; también el desmoronamiento del imperio colonial. A la muerte de Fernando VII, en 1833, el balance de su reino fue exactamente el balance contrario al del siglo anterior. Al verse disminuida como  ”potencia”, y, poco segura de su unidad, España empezó a producir un discurso pesimista, angustiado, sobre sí misma.

 

Luego, a finales del siglo, tuvo lugar el desastre de 1898, y la pérdida de las últimas colonias en América- Cuba, Puerto Rico- y en Asia- las islas Filipinas-, con lo que España perdía sus últimas colonias, mientras que las grandes potencias se repartían el mundo. Frustración y amargura, nostalgia del Imperio perdido. Se asiste al mismo tiempo a una recrudescencia de los nacionalismos vasco y catalán, que ponen en peligro la unidad de la nación española. Vilar recuerda que es precisamente en los periodos de crisis -crisis de 1898, crisis de 1917, luego crisis de 1936- cuando vemos aparecer una exaltación de España.

 

En la España del siglo XX, el discurso nacionalista exaltado cristalizó en la ideología falangista. Con ocasión del debate en 1932 sobre el Estatuto catalán, Ortega y Gasset utilizó dos veces la expresión “unidad de destino” para referirse a la nación española. Según Vilar, Ortega y Gasset se inspiraba probablemente en el pensamiento de Otto Bauer, el socialdemócrata austriaco, teórico de la nación-comunidad de cultura. Pero esta fórmula de Ortega y Gasset, retomada por José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange, quien añadió a “unidad de destino”, la frase “en lo universal”,  se convertiría en el a b c de la doctrina oficial durante todo el período franquista.

 

Mientras que España ya no tiene imperio, asistimos a una exaltación del imperio español. Tenemos voluntad de Imperio”, decía José Antonio Primo de Rivera. Se inventó el mito de la Hispanidad: unión, “espiritual”, por supuesto, entre España y los pueblos de América de lengua y cultura españolas.

 

Con ocasión de la guerra civil de 1936 encontramos en los dos campos el mismo vocabulario patriótico exaltado, la misma denuncia de las injerencias extranjeras, el llamamiento a la defensa de España.  Pero en el campo que se autodenominó “nacional”, había mucho más peligro de una disociación de la unidad histórica de la “nación” confundida voluntariamente con el Estado. La unidad estaba amenazada por los autonomismos, calificados de separatismos, por lo menos en el caso de los vascos y los catalanes. Con la victoria de los que se autodenominaban “nacionales”, el propio vocabulario anuncia una era de unidad nacional impuesta, de ideología unitaria, difundida, sin discusión, en las escuelas, en la prensa.

 

Si una ideología nacional era, como afirman algunos teóricos, obra del “aparato ideológico hegemónico del Estado”, el problema de la unidad española debería haber sido resuelto después de 40 años de franquismo, como esperaba el partido oficial, que compartía la idea ingenua de que “la conciencia de una nación es obra de la presión del Estado”.

 

Pero la realidad histórica exige análisis menos elementales, ya que los “autonomismos” regionales, verdaderos “nacionalismos” en los casos vasco y catalán, no tuvieron nunca tanta vitalidad como al final de las dictaduras- la de Primo de Rivera, de 1923 a 1930- y la de Franco- de 1939 a 1976.

 

Las “nacionalidades” dentro del Estado español

 

Para Vilar, el año 1833 fue una fecha simbólica: la monarquía de María Cristina, viuda de Fernando VII, y regente durante la minoridad de su hija Isabel II, parecía inclinarse al liberalismo político, pero 1833 es también el año de la división de España en provincias uniformes, el año de la “departimentalización” de España. Fue en 1833 cuando estalló la primera guerra carlista, hoy mitificada como habiendo sido la “primera forma activa de la conciencia vasca”, y cuando Aribau escribió la “Oda a la Patria”, primer texto del “renacimiento romántico catalán”, la “Renaixença” como llaman los catalanes a su “Risorgimento”.

 

Todo a lo largo del siglo XIX las contradicciones entre el centro agrario – Castilla- y la periferia industrializada – el País Vasco, y, sobre todo, Cataluña- no cesaron de acentuarse. Los intereses de los detentores del poder central- aristócratas y grandes latifundistas- no coincidían con los intereses de los de los industriales catalanes. Éstos eran partidarios de la libertad de comercio interior, pero no de la libertad de comercio exterior. Querían que el poder central practicase una política proteccionista para sus productos. Ahora bien, en Madrid los hombres políticos conservadores no permitirán nunca una libertad política, y los hombres políticos liberales eran librecambistas en materia económica.  El “bloque” de las clases dirigentes, fundamento de los Estados-naciones, solo se realiza de manera ocasional, particularmente en los momentos de peligro social grave.

 

Para los industriales catalanes, que producen bienes de consumo corrientes (textiles), el “proteccionismo es la patria”. Los propagandistas catalanes del “trabajo nacional”, del “mercado nacional” no perdonaron a la España central y meridional, agrícola y pobre, la debilidad de su poder adquisitivo. Los dirigentes de Madrid- aristócratas, generales, u hombres políticos liberales-, que representaban a las clases no industriales, no comprendieron nunca el lenguaje del “nacionalismo económico”. Fue entonces cuando los dirigentes catalanes empezaron a tener la nostalgia del pasado lejano, pero una nostalgia en términos de “mercado”. “El mercado español”- decía Prat de la Riba en su obra La nacionalitat catalana– es más restringido de lo que Cataluña habría sido capaz de conquistar cuando era, con un gobierno propio, una de las primeras potencias marítimas y mercantiles”. Prat de la Riba se está refiriendo, por supuesto, al periodo anterior a la unión de la Corona de Aragón a la Corona de Castilla. Esto lleva a reclamar para la “nación catalana resucitada” la posesión de todos los elementos de un cuerpo nacional, incluido un Estado propio encargado de dirigir esos elementos. En diversas ocasiones, los diputados catalanes en las Cortes españolas especificaron claramente que la reivindicación “nacional catalana” era solo una respuesta a los fracasos y los rechazos infligidos por Madrid y en Madrid.

 

Asistimos a luchas entre clases dirigentes y a exigencias burguesas como la del “mercado” y el “Estado”. La exaltación constante de las “solidaridades catalanas” contra el centralismo de Madrid, demasiado poco atento a los intereses de la industria, terminó, no obstante, por crear un ambiente de oposición común en masa, en el que las protestas de clase y las de grupo terminaron por yuxtaponerse. Fue a partir de ese momento cuando puede hablarse de “catalanismo” popular, pequeño burgués, intelectual, campesino y, en parte, según los momentos, obrero. Y es interesante ver entonces a la burguesía catalana, creadora del “movimiento nacional”, asustarse de este aspecto popular de la oposición catalanista, y buscar en Madrid, en los instrumentos del Estado, garantías contra una posible revolución La historia de los años 1917-1936 fue una historia de revoluciones, de golpes de Estado, de guerra civil.

 

A principios del siglo XX, fue fundado un partido catalanista, cuyo principal dirigente, Cambó, era un hombre de negocios muy rico, con una enorme vocación política. Como es sabido, ese partido se llamaba la Lliga Regionalista, es decir que se situaba en el plano regional, si bien reclamaba cierta autonomía para Cataluña. El “catalanismo” de Cambó era, dice Vilar, político y burgués. Ante la timidez de las reivindicaciones de la Lliga Regionalista en Madrid y sus compromisos con el poder central, el partido de Cambó fue desbordado por lo que Vilar llama el “catalanismo popular”, o la “catalanidad”, sentimental, popular, cuestión de campesinos, de tenderos de ultramarinos, de empleados, de curas, de maestros de escuela. Es decir, de la pequeña burguesía. Los intérpretes de esta tendencia fueron hombres como Macià, y, luego, Companys. Por reacción de clase, la alta burguesía se excluyó a sí misma de la comunidad. Macià, dirigente del partido que se llamaba significativamente el “Estat català”, proclamaba el “Estado catalán” en abril de 1931, en el mismo momento en  que la Segunda República Española era proclamada en Madrid.  El gobernó central, que no estaba dispuesto a aceptar un separatismo catalán, hizo que Macià se volviera atrás y renunciara a su pretensión. Pero a cambio, la Segunda República se comprometió a otorgar a Cataluña un Estatuto de Autonomía y un gobierno autónomo catalán, la Generalitat, establecido en Barcelona bajo la dirección de Macià, primero, y, después de Companys, fundador y jefe del partido Esquerra Republicana de Cataluña, que reagrupaba a toda la izquierda radical nacionalista.

 

 

 

Bibliografía de Pierre Vilar sobre la cuestión nación/Estado

 

1957- Nationalgeschichte, Universalgeschichte, “Schule und Nation”.

 

1962- La Catalogne dans l’Espagne moderne, Recherches sur les fondements économiques des structures nationales, (SEVPEN), 3 volúmenes

 

1963- « La participation des classes populaires- masses et cadres- aux mouvements d’indépendance en Orient et en Occident. Le cas d’Amérique latine. Congreso internacional de Ciencias Históricas de Viena. Publicado en Mouvements nationaux d’indépendance et classes populaires aux XIXe et XXe siècles en Occident et en Orient, A. Colin, 1971

 

1968- « Quelques aspects de l’occupation et de la résistance en Espagne en 1794 et au temps de Napoléon Occupants-occupés 1792-1815 ». Coloquio de Historia y de Sociología de Bruselas. Publicado en español en Hidalgos, amotinados y guerrilleros, Barcelona, Crítica, 1982, pp. 169-210

 

1971- “Patrie et nation dans le vocabulaire de la guerre d’indépendance espagnole », en Annales Historiques de la Révolution française, Oct.-déc., 1871, pp. 503-534. Publicado también en español en Hidalgos, amotinados y guerrilleros, Barcelona, Editorial Crítica, 1982, pp. 211-252

 

1979- “Sur la question nationale”, en Introduction à l’œuvre historique de Staline, París, Éditions Norman Bethune, 1979

 

  • « Fets nationals i estat espanyol avui”, Nous Horizons, nº 55, junio 1955, junio 1979, pp. 3-16

 

1980- «Pueblos, naciones, estados», en Iniciación al vocabulario del análisis histórico, Barcelona, Editorial Crítica, 1982

 

1981- “Réflexions sur les fondements des structures nationales », La Pensée, enero-febrero 1981. Publicado también en español en Hidalgos, Amotinados y Guerrilleros, Barcelona, Editorial Crítica, 1982, pp. 279-305

 

1982- “Estat i nació en les consciences españoles: actualitat i historia”, en Estat, nació i socialisme, Barcelona, Curial Edicions Catalans, 1981, pp. 43-60. Publicado también en español en Hidalgos, Amotinados y Guerrilleros, Barcelona, Editorial Crítica, 1982, pp. 255-278

 

  • Introduction: « le fait catalan » en Histoire de la Catalogne, de J. Nadal y Ph. Wolff

 

1983- «Culture, nation, histoire » en la Revista Internacional de Estudios Vascos, tomo 28, julio-diciembre de 1983, pp. 253-260

 

  • “Reflexions sobre el fosament del fet català” en Els Valencians davant la questió nacional, Valencia, Edicions Tres i Quatre, 1983, pp. 169-206

 

1984- “Mouvement ouvrier espagnol et questions nationales: quelques réflexions préliminaires », en Mouvement social, nº 128, julio-septiembre de 1984, pp. 7-15

 

  • “Estado, nación, patria en España y en Francia 1870-1914” en Estudios de Historia Social, nº 28-29, pp. 7-41

 

María Rosa de Madariaga, Historiadora

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