Un análisis psiquiátrico del discurso de despedida de Bush

. . . un hombre frágil en patético pugilato con enemigos imaginarios para combatir sus propios demonios interiores. . .

Sin Permiso

 

Justin Frank, catedrático de psiquiatría clínica en el Departamento de Psiquiatría del George Washington University Medical Center, analiza el discurso y la conferencia de prensa de despedida de George W. Bush, y sostiene que revelan a un hombre frágil, en patético pugilato con enemigos imaginarios para combatir sus propios demonios interiores.

 

El canto de cisne del presidente en su discurso del pasado jueves quedó eclipsado por una bandada de gansos que derribó a un avión y resultó frustrado por un acto de heroísmo que Bush ni siquiera pudo reconocer porque no estaba en el guión. El pato cojo aparecía, sin embargo, por postrera vez trapicheando con el mismo cuento que trató de vender por vez primera a los norteamericanos inmediatamente después del 11-S. Su semblante era presidencial, mas su expresión facial conservaba para la retirada su famosa mueca maliciosa. Lo cierto es que se le veía inalterado por la experiencia, avejentamiento aparte.

 

George W. Bush dio el discurso que tenía que dar, porque nadie más podía darlo por él. Para escuchar sus discursos, siempre hemos precisado de claves especiales, la más esencial de las cuales es el bien entendido de que quiere decir lo contrario de lo que dice. Así, el catálogo de éxitos por él presentado no era sino una letanía de fracasos; las protestas sobre la pureza de su patriótico corazón, testimonios del azote por él infligido a la nación y al mundo entero. Como escribiera Samuel Johnson, «el patriotismo es el último refugio de los canallas». En el caso de Bush, el peor enemigo del canalla es el propio canalla.

 

El presidente Bush empleó toda una vida para gestionar su caos interior, y se sirvió de varios métodos para hacerlo. Durante años, el procedimiento empleado pasaba por no atender a la realidad e ignorar las críticas que pudieran darle que pensar, pero el efecto acumulado de todo ese rimero de voluntarias ignorancias es que cada vez le ha resultado más difícil pensar con claridad. Recurre a vivir una realidad propia, conforme a sus propias distorsiones. Cuanto más trata de gestionarse, más se le angosta el foco de atención; mantener fuera de la consciencia los pensamientos desagradables precisa de obnubiladores psíquicos, obnubiladores que la noche del pasado jueves volvió a revelar al pueblo norteamericano.

 

La canción es la misma; ahora, empero, sotto voce. Todavía comunica miedo, y ahora ha vuelto a decir que el mayor desafío de Obama será un atentado enemigo. Armado con ese criterio, puede protestar de haber realizado una gran labor recordándonos que, desde el 11-S, no ha habido más ataques en nuestro territorio, a despecho de que hayan muerto más norteamericanos en Irak de los que murieron el 11-S y de que muchos más aún hayan quedado mutilados de por vida. Me recuerda el dicho de que «desear las cosas es conseguirlas». La amenaza de un ataque enemigo resultó útil para Bush, ofreciéndole una manera de organizar su desorganizada mente, y desea que la amenaza persista: necesita a un enemigo que centre su atención, aun si nunca declara cuál es realmente el enemigo. Hablaba ya vagarosamente de enemigos cuando competía en las primarias de New Hamshire en 2000, y su discurso final no fue diferente. Esta vez tenía un guión; el caos estaba represado. Pero el autoengaño subsistía.

 

Resulta instructivo comparar al Bush que lee los discursos con el Bush improvisador, y pudimos verlos a ambos esta semana pasada, en su discurso de despedida y en la conferencia de prensa. En los dos casos, Bush trató de obnubilarse a sí propio, tanto respecto de lo que fue como respecto de lo que hizo. En el discurso del jueves se parapetó tras las buenas intenciones: llevaba en el corazón los mejores intereses de los EEUU. Es como si, con esas intenciones, se dedicara personalmente a pavimentar el camino del infierno –y de la ignominia, el fracaso y la vergüenza nacionales—. Es el maestro pavimentador en jefe.

 

Pero, si lo hizo muy bien como lector el jueves, le fue harto peor como improvisador dos días antes. En lo que a mí me pareció una espantosa conferencia de prensa el martes, exhibió muchos de los rasgos característicos de un alcohólico crónico. Fabuló, urdió la historia de que entró en la Casa Blanca con una recesión y la abandona con otra. Repitió frases familiares para organizar su mundo interior –un proceso que en los alcohólicos se conoce como «perseverancia»—, pero no pudo lidiar con desafíos directos por la vía intelectual, sólo por la vía reactiva.

 

 

Cuando dijo «la frase ‘cargas del cargo’ es exagerada», comenzó a hablar verazmente sobre sí mismo. «Yo le digo a la gente que, ya saben, algunos días son buenos, otros no son tan buenos, todos los días han tenido sus alegrías… Incluso en los peores momentos de Irak, ya saben, las hubo: todos los días, cuando leía los informes sobre bajas de soldados, es indudable que había un montón de emoción, pero también hubo ratos en que podíamos sentirnos aliviados». Bush puede experimentar alegría en los momentos más negros porque carece de compasión; sus sentimientos le resultan tan amenazantes, que ni siquiera es capaz de emplear un pronombre personal («había un montón de emoción») para admitirlos. Como él mismo nos ha recordado repetidamente, siempre durmió bien durante los ocho años en que ocupó el cargo.

 

Uno de los momentos más contundentes del discurso del jueves se dio cuando mencionó como uno de sus mayores logros el de «estar dispuesto a tomar decisiones duras». Eso estaba también en su mente en la conferencia de prensa del martes, en donde, reveladoramente, presentó la capacidad para tomar decisiones difíciles como una alternativa a «preocuparse por las voces que chillan».

 

«Ya saben, los presidentes pueden tratar de evitar las decisiones difíciles y, así, evitar la controversia. Eso no está en mi naturaleza. Yo soy el tipo de persona, ya saben, dispuesta a emprender tareas difíciles, y en tiempos de guerra la gente se vuelve emocional; lo comprendo. Nunca, realmente, ya saben, gasté mucho tiempo, francamente, en preocuparme por las voces que chillan. Evidentemente las oía, pero no afectaron a mi política, ni afectaron… ni afectaron a mi forma de tomar decisiones.»

 

Puede que Bush adscriba conscientemente «las voces que chillan» a sus críticos públicos, pero el martes reveló que las circunstancias en que las voces más le perturban son de todo punto privadas:

«No veo cómo podría volver a casa en Texas y mirarme al espejo y estar orgulloso de lo que he hecho, si hubiera permitido que las voces, las críticas chillonas me hubieran impedido hacer lo que yo creía necesario para proteger a este país.»

 

Bush observó famosamente una vez que sólo se mira al espejo cuando necesita peinarse; aparentemente, está evitando reflexionar, porque no quiere que le recuerden las voces que oye.

 

Me resultó asombrosamente claro el pasado martes por la mañana que las voces resuenan en su interior; y a tal punto, que las recreó para nosotros. Más que sus palabras, que suenan engañosamente expeditas transcritas a texto, lo que resultó particularmente notorio en la última conferencia de prensa de Bush fue la forma de transmitirlas, que incluía un sorprendente aparato de voces con personalidad. Se nos amenizó con la interpretación por Bush de las voces de sus críticos (como la condena, por parte de los capitalistas de libre mercado, de los rescates y de la traición de los principios económicos que el propio Bush había abrazado), y oímos también, en el alzaprimado timbre vocal de Bush, a un hipotético presidente quejándose de las cargas del cargo: «Ya saben, es por este estilo: ‘¿Por qué a mí? ¡Oh!, las cargas del cargo’, ya saben. ‘¿Por qué tuvo que ocurrir el colapso financiero bajo mi vigilancia?’.»

 

Unos momentos después, tras condenar esa perspectiva –»Es, precisamente…, es patético, ¿no es cierto? Es autocompasión»— en un tono seco que habrá sido el orgullo de su madre, Bush dejó penosamente claro que las voces que había estado oyendo eran las suyas propias. Y que lo que decían era, a la par, fuente y confirmación de su vergüenza.

 

Nadie que esté familiarizado con el perfil psicológico que tracé de Bush en mi libro Bush on the Couch [Bush en el diván] se sorprenderá de eso. A tal punto mucho de lo hecho por Bush –beber, dejar de beber y abrazar la fe, la certidumbre, la disciplina física y, al final, el sadismo— puede retrotraerse a su desesperado intento de acallar las voces que lo han atormentado desde la infancia.

El martes por la mañana pudimos percatarnos de lo profundamente perturbadoras que para él han resultado esas voces y de lo severamente punitivas que son para su frágil y amedrentado Yo. El jueves, de regreso al guión, las voces habían sido acalladas. El Bush que leyó los preparados papeles del jueves exudaba control tan espectacularmente como carecía de él el Bush que se valía por sí propio el martes.

 

Y el control que Bush tiene que ejercer no es cosa solamente de estilo, sino de substancia, como han dejado claros los registros de su perspectiva unilateral y corta de miras sin arrepentimiento. Su necesidad desesperada de mantener el control se ha traducido directamente en incapacidad para admitir errores, tomar en cuenta opiniones contrarias o reconocer la inmoralidad de la tortura y los baños de sangre que han tenido lugar bajo su mandato. Cuando las consecuencias de esa necesidad desesperada de estar en lo cierto y de haber hecho lo correcto se han hecho trágicamente claras, el control con que había venido salvándose a sí mismo de sí mismo ha resultado en un coste devastador para el resto del mundo.

 

Justin Frank es profesor de psiquiatría clínica en el Departamento de Psiquiatría del George Washington University Medical Center. Es autor de Bush on the Couch: Inside the Mind of the President.

Traducción para www.sinpermiso.info: Ricardo Timón

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